Mundo / 7 de Diciembre de 2011

Madeleine Fullard, historiadora

Coleccionista de huesos

Inspirada en la experiencia argentina, dirige la búsqueda de desaparecidos en Sudáfrica.

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Levantó sus ojos y se topó con la misma mirada de ausencia que la había conmovido hace algún tiempo, cuando la conoció en las oficinas de la Unidad de Personas Desaparecidas de la Procuraduría Nacional de Sudáfrica. Hasta allí había acudido por ayuda, con una vieja foto del joven en sus manos. Y al mismo lugar había llegado ahora solo que, esta vez, ya no había angustia en sus ojos. Sí esperanza.

—“Esta es la verdad. Ahora ya la saben”, le confió Madeleine Fullard mientras le extendía el expediente final del hallazgo, exhumación e identificación por ADN de los restos de Karabo Madiba, asesinado y desaparecido durante los años del Apartheid.

La mujer abrazó la carpeta como si del cuerpo perdido se tratara. Estalló en llanto. Y Fullard tuvo que contenerse para no dejarse arrastrar hacia un sinfín de lágrimas. No era la primera vez que ella y su unidad especial cerraban un caso. Pero esa sensación de gozo, de triunfo sobre el olvido y la muerte, se adueñaba una y otra vez de su ser como la vez primera. Y las emociones brotaban casi por naturaleza.

“Hablar de desapariciones es aludir a un concepto muy amplio. Los organismos de derechos humanos suelen hablar de la ‘desaparición forzada’ para referirse a la responsabilidad del Estado o de grupos actuando en su nombre. Pero es un concepto mucho más abarcativo”, reflexionó ante NOTICIAS en su paso por Buenos Aires como parte de un seminario de integración argentino-sudafricana organizado por la Cancillería y la embajada de su país. “Nosotros preferimos hablar de personas perdidas, como hace la Cruz Roja, porque comprende a muchas categorías: prisioneros de guerra, soldados anónimos caídos, desplazados por conflictos, entre otros. En Sudáfrica tenemos todas estas categorías aunque para las familias, en definitiva, no haya distinción semántica: la sensación de vacío es la misma”.

Entre 1948 y 1994, el gobierno sudafricano estableció un sistema de racismo legalizado denominado Apartheid que sesgaba los derechos de la población negra: prohibía su acceso a la educación, los confinaba a guetos raciales y limitaba en toda forma posible su desarrollo social, político y económico. Quienes resistían al Estado, con su voz primero o las armas después (como el caso de la organización clandestina “Lanza de la Nación”, fundada por Nelson Mandela), solo podían esperar la prisión o la muerte, o ambas.

Hasta 135 prisioneros políticos fueron ejecutados en esos años aunque el total de víctimas de la violencia política asciende a 21.000. A diferencia de Argentina, no hubo plan sistemático pero una espiral asesina que convivía con lo cotidiano. Madiba fue uno de esos casos. Cuadro de la “Lanza”, cayó en un tiroteo con la policía del régimen en las proximidades de Mafikeng en 1986. Y su cuerpo desapareció en una de las tantas tumbas anónimas.

Experiencia argentina. Tras asumir la presidencia en 1995, Mandela pudo escoger el camino del revanchismo pero, en su lugar, optó por la reconciliación. Inspirado en el trabajo de la Conadep argentina y la Comisión Rettig chilena, dio forma a la Comisión de la Verdad para dilucidar el destino de miles de sudafricanos. A diferencia de la vía judicial argentina, el gobierno abrió la posibilidad de una amnistía a los represores a cambio de la confesión pública y total de sus crímenes y siempre y cuando se enmarcaran en las motivaciones políticas de la época. Aunque salvó al país de su desintegración, el costo afrontado por el perdón alimentó cierto resentimiento en algunos de sus compatriotas.
“Sudáfrica pudo haber hecho nada. Algunos países optan por no mirar hacia el pasado y seguir adelante. Ni búsqueda de personas, ni reparaciones ni persecución de justicia “, defendió Fullard ante esta revista recordando sus años en aquel grupo. “La Comisión fue una experiencia muy exitosa y eficiente aunque la implementación posterior de sus recomendaciones fue un capítulo menos logrado. El Estado no abordó el juicio a los casos no amnistiados con igual énfasis. No cumplimos del todo con esa promesa. Como tampoco con la preservación de la memoria al nivel de lo que hacen en Argentina”, agregó la historiadora.

Culminada la primera etapa del proceso, la Argentina siguió jugando un rol fundamental. En el 2005, Fullard tomó por su cuenta la puesta en acción de una de las recomendaciones de la Comisión y, junto a un grupo de voluntarios y un pequeño despacho en la Procuración, creó la Unidad especial de búsqueda de desaparecidos. La tarea era titánica. La voluntad, sólida. Pero escaseaba el conocimiento técnico y, para ello, apeló a un grupo de especialistas en la materia: el Equipo Argentino de Antopología Forence que al día de hoy continúa trabajando con una especialista propia, Claudia Bisso, en suelo africano. “No lo podríamos haber logrado sin la ayuda de Argentina. Literalmente hablando”, se sinceró Fullard.

¿Considera que, después de tantos años, Sudáfrica alcanzó finalmente su reconciliación? “A diferencia de la Argentina, en Sudáfrica no se trató solo de individuos siendo secuestrados y asesinados por el Estado por sus ideas políticas. Lo que vivimos fue una alienación radical de la población negra y su desplazamiento a la pobreza con un alto índice de mortalidad infantil y desempleo. Nuestro desafío superior como sudafricanos sigue siendo el de reponer esas discriminaciones históricas. Pero actualmente, los blancos siguen dominando los negocios, los medios y los puestos gerenciales. Cuando uno se topa con tanta desigualdad, ¿cómo se puede hablar de reconciliación? La reconciliación se vuelve algo simplemente teórico”, opinó ante NOTICIAS.

Mientras, Fullard y su gente pugnan por contagiar la iniciativa a los países fronterizos. “Es un campo muy nuevo aún en África. Cada pequeño trozo de hueso puede ayudar a identificar a una víctima, como sucedió en las Torres Gemelas. Y eso demuestra la importancia de la vida. Es como una declaración de principios respecto de la ciudadanía y de los derechos que comprende en un continente como África donde tenemos pilas de calaveras y tumbas masivas por doquier. Las excavaciones son evidencias que llevan a juicios y a un modo de reparar los crímenes del pasado. Pero también de reconciliación simbólica a través de la significación de la memoria. Es un modo de mantener viva la historia de las personas y darles un cierre a sus vidas”, concluyó Fullard. En sus ojos no hay angustia por los horrores que descubren. Sí esperanza.

 

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