Televisión / 16 de diciembre de 2011

television

El hombre que está solo y busca

“26 personas para salvar al mundo”. Miniserie documental. Domingos a las 22, y repeticiones los martes a las 23,
por Infinito. Conducción: Jorge Lanata. Producción: Infinito y Ozono Producciones. Dirección: Guido Tomio.

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No se puede negar que el programa tiene un gran título: si con “Bric”, el anterior documental de Jorge Lanata, teníamos que descubrir de qué se trataba esa sigla, esta vez tenemos una excusa épica, de esas que atrapan. Después de todo, salvar al mundo no es para cualquiera. No: solo para 26 personas. A partir de una vieja profecía templaria, Lanata emprende una especie de juego de detectives planetario en busca no solo de esos 26 héroes, sino también de qué cosa el resto de los mortales debe salvarse.
La lista de personas entrevistadas es apabullante: de Jacques Attali a Mario Vargas Llosa; de Martín Amis a Juan Carr, de Eduardo Galeano a Zygmunt Barman. Quizás suene extraño ver a un matemático inglés, un budista francés y un ensayista uruguayo formando parte de una red ecuménica; pero, en esa idea planetaria de “todo conecta con todo, todos somos parte de lo mismo” reside el mayor atractivo de este rompecabezas.
Sin embargo, el contenido cumple a medias esta consigna seductora. Si lo interesante son estos personajes que, en general, la prensa no nos permite conocer, ¿por qué no aprovecharlos sin el corset condicionante de “salvar al mundo”? Uno se queda con ganas de más, de que el buen entrevistador Lanata les saque todo el jugo a semejantes profetas. El resultado queda, a veces, deslucido, quizás por error de cálculo. Por ejemplo, el primer episodio tiene como núcleo a Carter Emmart, un astrónomo y dibujante que ha generado el primer atlas 3D del Universo. La idea es buena: ir de lo general a lo particular, avanzar desde la insignificancia de este canto rodado llamado Tierra. Pero Emmart no es, en sí mismo, un tipo que tenga mucho para decir. Un problema de ritmo, básicamente, que se manifiesta también en la reiteración de los primeros planos de Lanata (Teté Coustarot habría estado mejor) o la aparición constante de nombres de lugares (algo que el espectador no requiere a cada rato).
Por supuesto, son varios los elementos estimulantes: los entrevistados, en principio, personas que vale la pena descubrir; la idea de combinar un mecanismo de ficción para hablar de lo real; el pretexto del viaje, lo que implica una producción impecable y hasta suntuosa. Sobre todo: trabajar sobre el concepto de romper la coyuntura, de dejar por un rato de prestarle atención al angustiante problema del precio del zócalo del barrio para pensarnos como ciudadanos del universo. Lanata nos invita a compartir una búsqueda esperanzada en tiempos de profecías atroces y donde cada pequeño problema cotidiano parece una señal del Apocalipsis. La cosa es bajarse del caballo y otear el horizonte aunque haga falta moverse por todo el planeta.

 

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