Teatro / 16 de diciembre de 2011

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Luces y sombras del 2011

Algunos notables espectáculos, la creatividad alternativa y el empuje del musical vernáculo caracterizaron la temporada.

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La cartelera porteña es una de las más abundantes del mundo, para asombro de los extranjeros y ajetreo de los críticos locales, superados por la cuantiosa y simultánea oferta. De todos modos, se impone hacer un breve y acotado repaso por lo más sobresaliente o llamativo que aconteció durante el presente año.
Para comenzar con el denominado circuito comercial, el mejor espectáculo teatral fue “El Precio” de Arthur Miller, un texto dramático que a 43 años de su lanzamiento mundial, aún permanece vigente. Todo contribuyó a la excelencia, desde un elenco extraordinario, formado por Arturo Puig, Selva Alemán, Antonio Grimau y el gran Pepe Soriano, hasta el formidable equipo creativo, bajo la dirección de Helena Tritek. También dos cabales hombres de teatro abordaron clásicos: Juan Carlos Gené ideó una lograda versión del “Hamlet” shakesperiano, mientras Daniel Veronese naufragó en su adaptación glacial de “Un tranvía llamado deseo” de Tennesse Williams.

Un rotundo e inesperado éxito de boletería obtuvo la comedia francesa “Toc toc” de Laurent Baffie, con un sólido y reconocido grupo de actores, pero no de los que se denominan “populares” y “convocantes”. La hilaridad inteligente que provoca su débil argumento hizo agotar localidades con semanas de anticipación. En tanto, resultó un acontecimiento entrañable la reunión de dos próceres del teatro nacional, el autor Carlos Gorostiza y el director Agustín Alezzo, que juntos concretaron “Vuelo a Capistrano” del primero. Mientras el incansable dramaturgo y guionista Javier Daulte, fue el más prolífico puestista al asumir el montaje de “Espejos circulares”, “Lluvia constante”, “Filosofía de vida”, “4D Óptico” y la coordinación de “El reportero”.
El pujante musical tuvo su mejor expresión en “La novicia rebelde”, título emblemático, donde se destacó su protagonista: Laura Conforte. Asimismo, el género ofreció una imaginativa variedad de creaciones locales independientes, cuya constante fue la debilidad dramatúrgica compensada por el relieve de promisorios talentos en distintos rubros.

La 8va. edición del eternamente criticado, pero imprescindible Festival Internacional (FIBA) bianual, ahora conducido por Darío Lopérfido, importó creaciones de los nombres más relevantes de la escena europea, como Peter Brook, Thomas Ostermeier y René Pollesch. Así como programó un valioso muestrario de las ofertas nacionales alternativas de la ciudad y del interior, aunque en horarios discutibles.
Acerca de estas últimas, allí se encuentra, desde hace años, lo más estimulante y creativo. Quizás por eso se hizo evidente la bienvenida continuidad de obras ya conocidas en temporadas anteriores como “Un hueco” de Juan Pablo Gómez, “Rosa brillando” de Juan Parodi o “Curupayty” de Julio Molina, entre otras. A las que se sumaron nuevas propuestas: la estupenda “Bajo once metros de cemento” con Georgina Rey y Matilde Campilongo, o el inquietante unipersonal “Matar cansa” con Diego Gentile.
En cuanto a la esfera oficial, el Teatro Cervantes mantuvo su ya indispensable Plan Federal de Coproducciones con gobernaciones provinciales, que permite reavivar la vigencia de clásicos nacionales por elencos locales que luego se presentan en capital. Por su parte, el Complejo Teatral de la Ciudad, dio a conocer una pieza extraordinaria, “Hacia donde caen las cosas” de Matías Feldman, con la deslumbrante actuación protagónica de Luciano Suardi. Pero en ambos casos, sus respectivas programaciones arrojaron un balance con excelentes reposiciones y estrenos, pero criterios de selección y resultados tan discutibles como desparejos.

 

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