Teatro / 6 de Enero de 2012

teatro

Volver a la tribu

“Camino negro”, de Oscar Viale y Alberto Alejandro. Con Luciano Castro, Romina Richi y Rodolfo Ranni. Dirección: Rodolfo Ranni. Roxy, San Luis 1752, Mar del Plata.

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Violencia y poder. Oprimidos y opresores, con Castro, Richi y Ranni.

Se sabe, lo único que nos separa de nuestro principal ancestro, el homo sapiens, es apenas un barniz de cultura. Aquello que, tras siglos de moldearse, decantó en lo que denominamos educación o las reglas de una convivencia civilizada. Pero basta remontarse a las atrocidades del siglo XX, quizás el más feroz de toda la historia, o las que inauguraron el tecnológico XXI, para darnos cuenta de que cualquier raspón nos devuelve a la tribu y a la ley de la selva.
Lejos de querer adentrarse en cualquier especulación sociológica, filosófica o psicológica, lo que revela la naturaleza del ser humano es su necesidad instintiva de violencia, codicia y poder. La balanza entre oprimidos y opresores, víctimas y victimarios, débiles y fuertes, se inclina casi siempre en favor de los segundos. Por mucho que nos cueste admitirlo. El interrogante que se plantea, entonces, es si somos capaces de acceder a la redención, compasión o piedad, lo que todos los credos reclaman de un modo u otro, para invertir la situación y asumir la culpa como forma de expiación. De todo esto, y mucho más, habla con notable madurez la pieza de Oscar Viale y Alberto Alejandro, cuya vigencia permanece intacta, a 29 años de su inolvidable estreno porteño, con las actuaciones de Miguel Angel Solá, Betiana Blum y Juan Leyrado, dirigidos por Laura Yusem.
Resulta loable y bienvenido que en un contexto comercial y dentro de un destino turístico estival, se haya hecho una apuesta de producción al rescatar este ineludible material dramatúrgico nacional, que cuesta creer que se haya demorado tanto en reponer.
La anécdota es aparentemente sencilla: durante la última dictadura militar, la jefa de personal y el camionero de una empresa, que de manera casual coinciden en el regreso a sus hogares, quedan varados sobre una ruta, en medio de una noche lluviosa, y se ven obligados a recurrir a la gomería más cercana, que luce abandonada. Pronto las diferencias socioeconómicas, laborales e ideológicas, más la atracción sexual latente, harán eclosión en filosos diálogos, plagados de reproches, donde asoman referencias a esos años de plomo y muerte.
La actual versión, al menos la función a la que asistió este cronista, evidencia la necesidad de una mirada ajena desde la dirección –que hubiera impreso la necesaria atmósfera asfixiante y oscura que reclama la obra– pero al mismo tiempo, un digno desempeño actoral que fue seguido respetuosamente por el público que colmaba la sala. El oficio de Ranni lo hace bosquejar con solvencia su breve rol, mientras Romina Richi hace un esfuerzo valorable para alcanzar la estatura de su difícil personaje. En tanto, Luciano Castro encuentra un rol ideal, que recuerda al joven Marlon Brando, y logra comprometerse con sincera emoción y visceral entrega al encarnar esa criatura tan salvaje como frágil.

 

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