Libros / 13 de enero de 2012

libro

Vidas cruzadas

“Señores niños”, de Daniel Pennac. Mondadori,
235 págs. $ 75.

Por

El cine ha empleado el recurso con frecuencia: ricos y pobres, grandes y chicos, hombres y mujeres intercambian sus papeles de pronto, para mayor diversión (rara vez para mayor drama) del espectador. Esta novela de Daniel Pennac lo lleva a cabo con energía y durante un buen tramo, con insólito rendimiento.
Un profesor insoportable castiga a algunos de sus alumnos encargándoles una composición, tema: imaginar que una mañana despiertan y se han convertido en adultos, y sus padres en niños. La transformación ocurre realmente, y el texto le saca todas las puntas posibles. Para eso es esencial el estilo de Pennac: rápido, incisivo, sorprendente. No solo en lo que se refiere el tema medio fantástico en sí, sino también por cómo va sacando capas y capas de sentido a temas como la educación, la niñez, las tensiones sociales, la sopa barrial en la que se mueven sus personajes.
En el libro quien narra es supuestamente el padre muerto de uno de los alumnos, cuya viuda no puede olvidarlo. Pero no cuesta nada atribuirle su voz y su ingenio al propio Pennac. Ya había demostrado hasta qué punto puede ser a la vez profundo y divertido en su ensayo clásico sobre la lectura: “Como una novela”. Aquí las carambolas y rebotes de la trama no solo están reguladas por un humor a veces para la sonrisa, a veces para la carcajada. Abundan además los aforismos, o la filosofía al pasar: “El amor, amor mío, es una suma de pequeños actos que cuentan en silencio una historia precaria”, o: “Es su duración, y solo ella, lo que autentifica a la realidad. Si una pesadilla no termina, se convierte en tu realidad y tienes que arreglártelas con ella. Si tu vida concluye, era solo un sueño y es preciso ya arreglártelas sin ella”.
A lo largo de más de 150 páginas, el texto hipnotiza con su mezcla entre honda y desopilante. En la última cuarta parte, se adapta sin demasiada resistencia a los movimientos frenéticos de la clásica comedia de enredos. Como si despertara, Pennac agrega de pronto un discurso apasionado del profesor amargo exigiendo conocer esa infancia que, como educador, tanto se ha negado a sí mismo.
Comisarías, una avenida de prostitutas, familias moras o judías, un padre pintor y un plan maestro final de la voz narrativa logran que ese ataque de rutina último (transmitido al estilo, que se hace más playo) no destruya del todo el despliegue brillante de la premisa básica.

 

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