Libros / 20 de Enero de 2012

libro

El ruso salvaje

“El maestro de Petersburgo”, de J. M. Coetzee. Debolsillo, 271 págs. $ 42.

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El sudafricano J. M. Coetzee no es mi Nobel favorito de literatura. A veces suena narcisista en exceso, en otras se convierte en un profesional de la desdicha, o carga demasiado la materia narrativa con Grandes Ideas Importantes. Pero en esta novela de 1994, reeditada en bolsillo, muestra una capacidad excepcional para desplegar materiales muy diversos y mantener el control de elementos tan difíciles como el erotismo oscuro y la política, sin bajar línea en el proceso. Es una de las mejores novelas publicadas en inglés en los últimos 20 años del siglo XX.
Para lograrlo se traslada al siglo XIX y cuenta el viaje del gran Fiodor Dostoievski a Petersburgo para averiguar de qué manera ha muerto su hijo Pavel. En realidad se trata de su hijastro (hijo de una mujer anterior). Además, en la realidad histórica el tal Pavel murió después del propio Dostoievski. O sea que no se trata de un relato de historia literaria, sino de invención pura.
Tal vez por eso mismo, el tejido minucioso, angustiante y vigorizador del texto convence aún más, al ejercer la mentira verdadera de la literatura. Ya un poco anciano, Fiodor se queda a vivir un tiempo en la pieza de su hijo, compartiendo los días con la dueña de casa, Anna Sergeyievna, y su hija, Matryona. En un plano, el autor de “Crimen y castigo” (ya famoso en Rusia en ese entonces) visita a la policía más de una vez, y es irritado con tenacidad por Nechaev, mezcla de militante extremo y dandy en las ruinas, que tuvo vínculos con su hijo.
En otro plano, Coetzee sigue la progresiva relación erótica espesa y cálida, a veces quemante con Anna, y la posibilidad de ejercerla también con Matryona. Con un tema tan propenso al desborde o incluso el ridículo, construye un mundo paralelo con muchos puntos de contacto no solo con el de 1994 sino también con el del 2012. Basta señalar cómo las discusiones con el disfrazado, a veces andrógino Nechaev, o los escarceos sobre todo mentales, pero a veces peligrosos, con la niña reflejan temas de estas décadas nuevas.
Aparece también el pasado del propio Dostoievski como preso político en Siberia, o su vínculo con su mujer actual lejana, que le sostiene hasta donde puede su adicción al juego, o los ataques de epilepsia, a veces convertidos en profecías. Los dos escritores se encuentran a medio camino, y el mundo salvaje del ruso parece devorar y poner a prueba, para beneficio del lector, a Coetzee.

 

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