Teatro / 27 de enero de 2012

teatro

Un caleidoscopio tridimensional

“Stravaganza”. Con Flavio Mendoza, Diego Reinhold y elenco. Dirección: Flavio Mendoza. Luxor, Carlos Paz.

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Una pantalla gigantesca ocupa todo el fondo y en ella se proyectan imágenes oníricas. El inmenso escenario hidráulico que se eleva, reclina y rota, poblado de hombres y mujeres que se zambullen en la pileta -ubicada debajo y de iguales dimensiones que el anterior- con tanta facilidad que bien podrían haber sido los delfines sus entrenadores. Un sofisticado diseño lumínico. La portentosa banda de músicos en vivo, el refinado y sugestivo vestuario, más el infaltable clown que hilvana los diferentes cuadros. Todo el conjunto concentra la admiración y la fascinación de un público embelesado.
Como si se tratara de un caleidoscopio tridimensional, las luces, los colores, el movimiento del agua y la destreza de los cuerpos suspendidos en el aire, realmente dejan boquiabiertos de asombro a cualquiera. Sumado, claro está, a la perfección técnica y concentración física de riesgosos números acrobáticos y el despliegue coreográfico que borra el límite entre atletas y bailarines.
Semejante descripción parece corresponder a cualquiera de los famosos shows de los casinos de Las Vegas o, incluso, a los del mismísimo y legendario Cirque du Soleil; sin embargo, pertenecen al último espectáculo del reconocido coreógrafo Flavio Mendoza.
No en vano, desde su debut en la ciudad serrana, el show encabeza holgadamente las recaudaciones de boletería de todo el país, en un teatro de reciente construcción cuya capacidad es de 1.200 localidades y donde ofrecen dos funciones diarias, de martes a domingos. Sin duda, Mendoza roza la excelencia y expone un rigor, calidad y nivel creativo realmente inusual para una temporada veraniega.
Desprovisto de la poética argumental que caracterizaron las creaciones de grupos como La Organización Negra, De la Guarda o Fuerza Bruta, pioneros en utilizar los elementos, la altura y el impacto visual de manera expresiva; aquí el acento recae en algo más circense, familiar, popular y humorístico, acorde al contexto donde se presenta. Por cierto, nada cuestionable. Todo lo contrario, porque Mendoza eleva la apuesta teatral y de producción, al alcanzar un nivel y espectacularidad difícil de superar. Lo cual, beneficia a público y artistas por igual.
Quizás cabe un único reparo: ante el esplendido y multifacético Diego Reinhold, la presencia de algunas figuras mediáticas surgidas de los programas de televisión, aunque no desentonan, tampoco aportan demasiado, salvo su atractiva y candente popularidad. La caudalosa imaginación de Mendoza demostró que no necesita recurrir a ellas, ya que su nombre es sinónimo de calidad. En estos tiempos de improvisación, no es poca cosa.

 

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