Teatro / 9 de marzo de 2012

teatro

Detrás de un ideal

“Ampelmann”, de Víctor Winer. Con Cutuli, Marcela Ferradás y elenco. Dirección: Mónica Viñao. Teatro Sha, Sarmiento 2255.

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Ante todo, el elenco es de reconocida eficacia e incluso asoman jóvenes promesas. Luego, la ingeniosa y minimalista resolución del escenógrafo fue capaz de crear la ilusión de estar ante un vasto escenario y no a lo que otrora parece haber sido sala de proyección o conferencias del club donde está situado. Finalmente, una directora de proverbial solvencia y diestra mano consiguió algo esencial para concretar y desarrollar cualquier comedia: el ritmo de las escenas y sus diálogos. ¿Por qué, entonces, la baja calificación?.
¿Dónde radica el escollo para detener la sumatoria de elogios? A nuestro juicio, básicamente en la obra que sustenta la propuesta.
Seamos justos, el dramaturgo argentino Victor Winer (1954) dio muestras de su valía con creces. Basta mencionar “Freno de mano”, “Postal de vuelo” o “Loteo”, entre otras piezas anteriores, cuyo denominador común es el paso implacable del tiempo, la oposición que surge al pretender satisfacer los deseos o ideales frente a la realidad mundial circundante; y los viajes fuera del lugar de origen como períodos para el descubrimiento o la madurez personal. También en este flamante texto se ponen en evidencia algunos de esos tópicos.
Un militante político vehemente, cándido y sincero (Cutuli) vuelve a encontrarse con su aturdida esposa (Marcela Ferradás), tras haber partido, sin dejar rastro alguno ni enviar noticia de su paradero, hace dos años atrás. Pronto sabremos que la intempestiva huida obedeció al hecho de viajar a la recién unida Alemania, después de la caída del muro de Berlín. El motivo fue apoyar el movimiento popular que logró impedir la erradicación de un símbolo peatonal de la ex Alemania del Este, el Ampelmann. Diseñado en los años `60, la figura representa la silueta de un hombre con sombrero. Cuando aparece con los brazos extendidos en cruz y de color rojo, indica la prohibición de cruzar; mientras que dando un paso hacia adelante en tono verde, que se puede transitar.
Ni su azorado hijo veinteañero (Juan Ignacio Blanco) ni su cuestionable ex socio y amigo (Alfredo Castellani) ahora convertido en pareja de su mujer, así como tampoco la alocada novia del primero (Noelia Sciancalepore), entenderán las razones de este idealista que aún defiende la ética, el honor, la confianza y el compromiso como únicas banderas de una revolución pacífica.
Aunque amable, por momento risueña, la mínima y brevísima anécdota –más su desconcertante e imprevisto final– dejan la impresión de que algo falta. Diríamos que bastante.

 

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