Libros / 4 de Abril de 2012

Libro

El millar agregado

“Cartas” 1, 2 y 3, de Julio Cortázar.
Alfaguara, 600, 680 y 688 págs. $ 169 c/u.

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Pocas veces una recopilación esencial tiene un aumento tan grande. Los tres gruesos tomos iniciales de las cartas de Julio Cortázar llegan ahora a cinco del mismo tamaño, agregando un millar de textos nuevos.
El crecimiento es resultado del fervor investigador del español Carles Álvarez Garriga y de Aurora Bernárdez. Cuesta desprenderse de la sensación de que Cortázar escribía tanto (o mucho más) en forma de misiva, que narrativa, ensayo o poesía. La pareja de recopiladores ya había dado a conocer el año pasado un tomo macizo de “Cartas a los Jonquiéres”. Esas más de 500 páginas son uno de los principales hallazgos en esta nueva edición. También hay cartas abundantes al poeta Paul Blackburn, por ejemplo.
Pero, además de lo que proporciona el descubrimiento de nuevos “fondos” postales, hay también textos inéditos en la correspondencia con gente como el amigo y editor Paco Porrúa, figura central de la primera edición.
En temas como el tan llevado y traído “boom” de los sesenta y setenta aparece alguna carta de crítica o comentario personal, como la muy extensa que le envía a Carlos Fuentes en el momento de aparición de “La región más transparente”.
El aumento sirve por momentos como ajuste de imagen de determinados temas. En otros, consolida la sensación de Cortázar como trabajador demoledor de la cultura: correcciones minuciosas de sus propias traducciones, corrector esmerado de la edición española de “Paradiso” de Lezama Lima, lector infatigable. No hace mucho, el escritor Guillermo Piro expresó su fastidio al descubrir que el alemán Arno Schmidt, que creía un hallazgo personal, también se lo debía a Cortázar: en una remota recomendación a Porrúa se lo sugería para la colección Minotauro. Es también gracioso comprobar la impermeabilidad de Cortázar ante los intentos de Porrúa para que se entusiasme con J. G. Ballard.
Cortázar, además, viaja, se enoja, se ríe, pone los puntos sobre las íes en algún momento de presión indebida, suda la gota gorda para cobrar los derechos que le deben en la Argentina. O contesta en detalle a algún joven argentino que le ha enviado su revista literaria (Jorge Carnevale).
Una costumbre de los escritores argentinos es dejar obras completas que crecen sin parar: Borges (sus “textos recobrados”), Arlt (sus crónicas), Macedonio Fernández. Faltaría buscar las cartas de Saer, por ejemplo. A lo mejor es la excepción a la regla.

 

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