Costumbres / 13 de abril de 2012

nueva edición del BAFICI

El cine que nunca vemos

Los 449 films del festival prueban que hoy hacer películas es fácil. Lo difícil es mostrarlas.

Por

Argentina. El film “Masterplan”, de Pablo y Diego Levy, es uno de los favoritos entre el centenar de películas locales que se presentan.

Para quienes lo conocemos desde la primera edición, resulta sorprendente que hasta el 22 de abril se desarrolle el 14° Bafici, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, hoy uno de los más importantes del circuito internacional y el más grande del país. “Grande” implica no solo cantidad de salas sino, proporcionalmente, cantidad de películas: contando cortometrajes, son 449; y los films argentinos, ni más ni menos que 111. La mayoría de los títulos que se proyectan durante la muestra, aunque muchos de ellos tienen enorme prestigio, calidad e incluso éxito de público en sus países de origen, quedan fuera de la distribución masiva en nuestros cines –lo que implica que el Festival es la única oportunidad de verlos–. Las películas argentinas finalmente se estrenan pero por norma, fuera del circuito comercial y con poca posibilidad de ser vistas. Un fenómeno como “El Estudiante”, que logró llevar a dos salas pequeñas mucho más público, durante meses, que películas nacionales de gran envergadura comercial es más bien la excepción a la regla. En ese sentido, el Bafici también permite que las películas encuentren su público.

Por qué tanto. Pero la cantidad es un elemento que seguramente asombre al lector. De hecho, supera a la suma de estrenos comerciales del 2011. ¿Es que es hoy más sencillo filmar, más barato quizás? La respuesta es al mismo tiempo sí y no. Por una parte, el desarrollo de las tecnologías digitales, tanto para el registro de las imágenes como para la proyección, permite que se puedan rodar más películas. Es obvio que la posibilidad de hacer muchas tomas en un material relativamente barato y maleable –como el soporte digital– así como ver los resultados inmediatamente en lugar de esperar el proceso de revelado al que obligaba el material fílmico analógico, implica un ahorro de tiempo y dinero notable que pone el cine al alcance de presupuestos menores que los de los tanques comerciales. También que se reducen los tiempos y los costos de posproducción: así, resulta más sencillo hacer películas. Pero esta baja de costos es relativa: las películas de Pixar, por ejemplo, utilizan este tipo de herramientas de modo sistemático y constante, pero no por ello resultan más baratas que cualquier producción grande, dado el grado de detalle y desarrollo de imagen que cada una implica. De hecho, el “mainstream” ha adoptado tecnologías más baratas y, sin embargo, los costos de producción del cine de gran espectáculo crecen año tras año.

Más información en la edición impresa de la revista

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *