Teatro / 13 de abril de 2012

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El misterio del amor

“La cabra… o ¿quién es Sylvia?” de Edward Albee. Con Julio Chávez y elenco. Dirección: Julio Chávez. Teatro Tabaris, Corrientes 831.

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Como en aquellos misterios medievales donde se debaten cuestiones como el bien y el mal, la verdad o la mentira. O quizás el descenso de Dante a los infiernos, acompañado de Virgilio, en búsqueda de su amada Beatriz. Incluso una mezcla explosiva entre el teatro simbolista, el del absurdo o el de la crueldad. Cualquiera sea el enfoque, resulta una tarea difícil sintetizar la trama de esta obra de Albee, sin privar al espectador de recorrer, libre de preconceptos, esa curva argumental que bordea un abismo insondable y va desde la comedia más genuina hasta la tragedia final.
Autor de títulos emblemáticos como “Historia del Zoo”, “¿Quién le teme a Virginia Wolf?”, “Un delicado equilibrio”, “Tres mujeres altas”, “El juego del bebe” –todos conocidos en nuestro país–, en sus creaciones siempre está presente la inquietud metafísica. El anhelo de una redención por parte de un Dios posible y magnánimo, quien al mismo tiempo es el creador de un mundo bello, pero dominado por una especie feroz y violenta. Precedido por Eugene O’Neill, Arthur Miller y Tennessee Williams y, tal vez, solo seguido por David Mamet y Neil LaBute, en la actualidad Edward Albee (1928) es el dramaturgo viviente más importante del teatro norteamericano.
En “La cabra… o ¿quién es Sylvia?”, estrenada en Broadway, durante la temporada 2002, presenta el aparentemente normal matrimonio que conforman un prestigioso y exitoso arquitecto de mediana edad, su bella y pragmática mujer; más su único hijo, adolescente y homosexual. La entrevista televisiva programada con un antiguo amigo de la infancia, a raíz de un importante premio y ambicioso proyecto edilicio que recibe el primero, desatará una imprevista e insólita confesión. A partir de ese momento, el derrumbe literal del hogar feliz, será completo.
El “pecado” de este hombre honesto, fiel, sensible y razonable es dónde depositó el objeto de su deseo y, sobre todo, el de su afecto. Exactamente más allá de lo que impone nuestra cultura y tradición occidental y judeocristiana. En la doble función de protagonista y director, con todo su inagotable arsenal expresivo, Julio Chávez realiza una labor consagratoria, impecable, minuciosa, que no deja nada librado al azar. Lo acompañan de manera convincente Viviana Saccone y Vando Villamil, junto a la proverbial creatividad espacial de Jorge Ferrari y la lumínica de Matías Sendon. Sin exagerar, estamos ante una propuesta obligatoria.

 

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