Teatro / 27 de Abril de 2012

teatro

Un monólogo sobrecogedor

“Marica” escrito, interpretado y dirigido por Pepe Cibrián Campoy. Teatro El Cubo, Zelaya 3053.

Por

Un intenso haz de luz ilumina una silla ubicada en el centro del vasto escenario, único objeto que lo habita. De pronto, entra un hombre vestido con ropas blancas y descalzo, con un fajo de papeles en las manos. Se sienta, mira al espectador y comienza a hablar. No habrá música o sonido incidental, solo la voz que enuncia palabras, el cuerpo en movimiento y la expresión gestual.
Desde sus orígenes milenarios, el teatro consiste en alguien que acciona con un propósito determinado, mientras es observado por un semejante. Nada más, ni nada menos. Esa liturgia íntima que luego, a lo largo de los siglos mutó en diferentes formas, algunas muy provocadoras, aún hoy sigue siendo la esencia básica del hecho escénico.
Lo curioso y llamativo es quien lleva adelante este destacado soliloquio: Pepe Cibrián Campoy, el mayor referente de la comedia musical en la Argentina. Justamente el creador de la legendaria “Aquí no podemos hacerlo”, el rotundo éxito de “Drácula” o la reciente “Excalibur”, entre tantos otros títulos. Caracterizado por dirigir elencos numerosos y entusiastas (de donde surgieron grandes figuras del espectáculo vernáculo y hasta internacional), enfundados en ornamentados trajes y rodeados de sofisticados dispositivos escenográficos y lumínicos, esta vez opta por elegir un bienvenido ascetismo visual.

Alrededor de la trágica figura de Federico García Lorca (1898-1936), el poeta ibérico y homosexual asesinado por el ejército franquista durante la Guerra Civil Española, en la tercera década del siglo XX, construye la base de un monólogo sobrecogedor.
No solo al darle voz al granadino, sino al convocar a las presencias de sus padres, su asesino, y su amigo el pintor Salvador Dalí. Apenas le basta modificar un matiz verbal, la postura física o la mirada, para mutar de un personaje a otro, en cuestión de segundos y de forma admirable. Hasta el caer de las hojas a su alrededor, esas que por momentos lee, crea un efecto de despojo y desolación conmovedor.
Cibrián Campoy pasa del susurro al rugido y del cinismo a la misericordia, porque detrás de los hechos verídicos que relata, se erige una denuncia que no perdió un ápice de vigencia: la discriminación del diferente. A la pasmosa facilidad de extirpar al desigual de la sociedad, confronta la dignidad del pensamiento libre y hasta el orgullo de mirar la muerte con los ojos abiertos.
Una propuesta infrecuente, necesaria, de este multifacético y ecléctico artista de la mejor estirpe.

 

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