Música / 4 de mayo de 2012

música

El trovador rockero

Nueva visita de una de las figuras fundamentales de la música del siglo XX. Cuatro funciones en el Gran Rex caracterizadas por la fiesta y la idolatría.

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No quiso fotógrafos –que sí aceptaba en otras épocas aunque siempre a regañadientes–, y por eso la imagen que ilustran esta nota es de archivo. Parece que tampoco fue fácil que aceptara como invitados a los críticos y periodistas del espectáculo, aunque la producción terminó por convencerlo que ingresarían de todos modos con tickets pagos y terminó diciendo que sí. “Es que esta vez quiero hacer shows exclusivamente para que los disfruten mis fans”, dicen que dijo. Después de todo, al señor Robert Allen Zimmerman, alias Bob Dylan, estadounidense nacido en Duluth, Minnesota, hace 70 años, le sobran pergaminos como para imponer cualquier berretín. Se sabe además que jamás fue amigo de la prensa –las entrevistas son escasísimas– ni de la demagogia sobre el escenario –no se permite ni los elementales “buenas noches” o “muchas gracias” y solo habla a la hora de presentar a sus músicos–.
Tiene un pasado con más de 30 discos publicados, momentos excelentes y fundamentales y también otros –muchísimos menos– olvidables, “apariciones” públicas en los medios por sus vaivenes religiosos o sus romances con mujeres jóvenes; y a pesar de los años parece seguir disfrutando con esta tarea de presentarse frente a la gente. En todo caso, en la noche-debut de esta nueva visita a la Argentina se lo notó suelto, contento, de buen diálogo con sus compañeros, recreando canciones que en algunos casos han cumplido ya más de cuatro décadas de existencia.

Esta fue la cuarta llegada de Dylan a nuestro país: antes había actuado en Obras (1991), en River como “soporte” de los Rolling Stones (1998) y en Vélez (2008). Volvió a pasar por aquí en el marco de su “Never Ending Tour” que arrancó en 1998 (así llamado, seguramente, para no tener que dar mayores explicaciones sobre cada salida al escenario) e hizo un repertorio que tuvo mucha relación con el que presentó en el estadio de Liniers hace algo más de un lustro. Sin embargo, este Dylan del Gran Rex fue totalmente distinto. Porque salió del enclaustramiento de su cara oculta, del acurrucamiento sobre el teclado, de la quietud escénica. Este fue un artista que miró a las caras, que se movió, que agitó más rockeramente aquellas mismas canciones, que se interrelacionó con sus compañeros. Fue un concierto a la vieja usanza, sin despliegues escenográficos y con una banda que funciona como sostén para su voz y su guitarra y, eventualmente, su órgano y su armónica.
George Recile en batería, Tony Garnier en bajo, Charlie Sexton y Stu Kimball en guitarras y Donnie Herron en instrumentos varios, fueron la pared rocanrrolera que sostuvo una lista de temas que combinó el pasado más lejano –“Leopard-Skin Pill-Box Hat”, “It Ain’t Me, Babe”, “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, “Highway 61”, “Ballad of a Thin Man”, “All Along the Watchtower”, etc.– con piezas de factura mucho más moderna –“Beyond Here Lies Nothin’ “, “High Water (for Charley Patton)”, “Spirit of the Water”, “The Levee’s Gonna Break” o “Thunder on the Mountain”–. Y dejó afuera materiales producidos entre la década del ’70 y mediados de los ’90.

Así, pasó casi dos horas frente al público y, aunque sin sorpresas estéticas que dejaran entrever un Dylan en proceso de cambio (quién debería pedírselo a esta altura), plantó toda su historia, cantó con la solvencia rústica de una garganta que ha soportado dignamente el paso del tiempo, hizo blues y baladas tan a su estilo, dejó casi para el cierre su emblemática “Like a Rolling Stone” –para muchos, una de las mejores canciones de toda la historia de la música pop– y entregó “Blowin’ in the Wind” como un único bis, aunque como corresponde a un señor tan poco ortodoxo, en versión poco
reconocible.

 

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