Personajes / 4 de Mayo de 2012

Hugh Laurie (52)

“Ninguna vida es un plato de cerezas”

Cerca del final de “Dr. House”, la serie que le dio fama planetaria, se afirma como músico y escritor. Viene a presentar su CD de blues.

No comprás pescado en el dentista ni le pedís al plomero asesoría financiera, ¿por qué vas a escuchar la música de un actor? No hay respuesta. El blues es mi primer y gran amor

Ya no lo veremos caminar con un bastón arrastrando una pierna y llenándose la boca con opiáceos. Ya no disfrutaremos de sus comentarios sarcásticos y crueles a la hora de diagnosticar enfermedades rarísimas o terminales. No, ya no lo veremos hacer nada de eso pero sí tendremos el placer de escuchar a Hugh Laurie (alias Dr. Gregory House) en Buenos Aires cantar blues el 8 y 9 de junio en el Luna Park, y el 10 en Rosario. Hombre de talentos varios, Laurie no solo vive de la actuación y la música: nacido y criado en Oxford, ex estudiante de Arqueología y Antropología en Cambridge, también escribió una novela en los ‘90, traducida a 30 idiomas, y está por publicar otra. Casado con la administradora teatral Jo Green, llegó a ser una de las figuras mejor pagas de la televisión mundial, es fan de las motos, toca el piano, el saxo, la guitarra y canta.

Noticias: ¿Por qué cree que fue la actuación lo que primero le dio resultados?

Hugh Laurie: De chico me di cuenta de que tenía facilidad para actuar. Mientras que para mis compañeros del colegio el subirse a un escenario era aterrador, para mí era natural. No sé bien por qué. Seguramente fuera algo vocacional, como todo lo que uno descubre de niño. También, te soy sincero, era una buena forma de pavonearme con las chicas. Eso no me lo puedo saltear porque es muy importante (risas). En el colegio y en la universidad, cuando aún actuaba por mera diversión, lo hacía para conquistar chicas. En cambio, cuando la actuación se convirtió en una profesión sucedió algo muy curioso: en mi cabeza la audiencia dejó de ser femenina y se convirtió en masculina, en un montón de tipos que decían, “¿Yyy?, ¿cómo nos vas a entretener?”. Así, el público se convirtió en alguien a superar y derrotar. Tenés que engañarlos, abrumarlos y conmoverlos y eso no lo disfrutaba. Es mucho mejor pensar al público como una entidad femenina a seducir.

Más información, en la edición impresa de la revista

 

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