Televisión / 18 de mayo de 2012

Televisión

He visto un lindo negrito

Niña y ociosa, uno de mis experimentos era juntar en un frasco a esas pesadas hormigas negras con las pequeñitas y nerviosas hormigas coloradas. No me acuerdo qué pasaba pero sí recuerdo que era divertido. Juntar a gente muy distinta a veces también lo es. El problema es para quién. Sin embargo, puede resultar innecesario […]

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Niña y ociosa, uno de mis experimentos era juntar en un frasco a esas pesadas hormigas negras con las pequeñitas y nerviosas hormigas coloradas. No me acuerdo qué pasaba pero sí recuerdo que era divertido. Juntar a gente muy distinta a veces también lo es. El problema es para quién. Sin embargo, puede resultar innecesario profundizar en esa pregunta. Por ejemplo, a la productora Eyeworks Cuatro Cabezas le bastó con suponer un espectador insaciable de furcios y miserias ajenas cuando pergeñó “Perdidos en la tribu”, el docu-reality del “contraste cultural” realizado para Telefe, con la aún más innecesaria conducción de Mariano Peluffo, vencido esta vez por la editocracia.
Tres familias argentinas, los Moreno, los Funes y los Villoslada, todos clase media occidental y cristiana, pasan un mes con sendas tribus de Etiopía (los Hamer), Namibia (los Himba) e Indonesia (los Mentawai). Durante ese tiempo deben participar de su modo de vida y ser evaluados por los “consejos tribales” que considerarán si pueden ser aceptados como auténticos miembros de las comunidades. Solo así se adjudicarán los 300.000 pesos, el premio (poco ¿no?) a ser repartido entre las familias que lo logren.
Explicitado por sus productores, el eje del programa es explotar las diferencias culturales entre los nativos y los visitantes, un experimento probado en otros países. Fue en España donde se levantaron fuertes críticas de organizaciones no gubernamentales y académicas que definieron el contenido como “antropología barata”. En primer lugar: adherimos. Se trata de un reality sin ningún prefijo “docu” que distraiga las culpas. Si cualquier documental por definición implica la captura no mediada de la realidad, en este caso el montaje es una manipulación grosera. Si bien las tribus lo hacen de manera voluntaria y reciben un pago por prestarse al juego, esta armada convivencia ante las cámaras tiene negativas consecuencias para ellos (no llamar “primitivos”) ya que modifica su situación siempre al límite de la supervivencia (las ONGs españolas denunciaron que el tiempo utilizado en el programa hizo perder los tiempos dedicados a la agricultura y que el pago en dinero introdujo alcoholismo).
Pero dejemos de lado lo que sucede cuando el hombre blanco va al reencuentro de sus sábanas limpias porque eso sirve para algún otro programa. Dejemos de lado también cualquier atisbo “docu” porque no es la intención abordar en serio esa información (si no, harían crónicas documentales que llevan mucho tiempo, paciencia, inversión y estudio). Lo único que queda es la intención de mostrar cómo el señor Pérez abandonó sus milanesas por murciélago hervido. ¿Eso es divertido? Sí, lo es. Así de simple como ver a otro resbalarse con una cáscara de banana. La fórmula funciona. ¿Para quién? No sé. A las hormigas nunca les consulté nada.

 

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