Música / 18 de mayo de 2012

Música

Un dúo avant-garde algo demodé

El japonés Ryuichi Sakamoto y el alemán
Alva Noto hicieron un concierto multimedia
que fue muchas veces más un experimento musical
que un espectáculo artístico.

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Con gusto a poco. R. Sakamoto y A. Noto fueron más promesas que resultados en el Gran Rex.

El centro de atracción está puesto en Ryuichi Sakamoto, un japonés nacido en Tokio en 1952 y graduado en música electrónica en la universidad de su ciudad. Es que este pianista de muy largo recorrido también por Occidente, tiene un pasado que incluye el grupo de pop electrónico Yellow Magic Orchestra pero también experiencias muy diversas con ruidos y recursos electrónicos o con músicos brasileños como con Jacques Morelenbaum haciendo temas de Tom Jobim. Aunque lo que lo puso en el pico de la atención mundial fue su trabajo para cine. Ganó un Oscar por “El último emperador” de Bertolucci, pero sus sonidos se escucharon también en películas como la japonesa “Senjô no Merî Kurisumasu” (“Feliz Navidad, Mr. Lawrence”), “Tacones lejanos”, “El pequeño Buda”, “Ojos de serpiente”, “Gohatto” o “Femme fatale”. Y en ese recorrido internacional, fue también el musicalizador de los juegos olímpicos de verano de Barcelona en 1992.
Todo este pasado glorioso fue seguramente el que convocó a la mayoría del público que decidió verlo y escucharlo en este caso en Buenos Aires (con una sala a medio llenar, vale decirlo). Pero esta vez, llegó junto al alemán Carsten Nicolai, conocido por su alias artístico de Alva Noto, con la intención de presentar el álbum “Summvs”, el sexto de una dupla que muy pocos habían escuchado antes por acá. Y a lo mejor, muchos se sintieron algo más que desconcertados con lo que terminaron presenciando.
El plan cumplido a rajatabla en los algo más de 90 minutos del Gran Rex es claro. Sakamoto toca una serie de improvisaciones que se mueven estéticamente entre el postromanticismo y el impresionismo “alla” Debussy, de la sucesión de acordes a la de breves células melódico-rítmicas, de las teclas (indudablemente, su instrumento) a una cítara, de la “pureza” tímbrica del piano a los juegos con dedos o baquetas dentro del encordado del instrumento, de la tonalidad (la mayor parte del tiempo) a las “escapadas” hacia otros rumbos. Sobre eso, su compañero también improvisa procesando en tiempo real los sonidos que entrega el japonés con una consola que le sirve para manejar simultáneamente lo que se escucha y una pantalla de televisión alargada que va acompañando todo visualmente.
El siguiente paso sería analizar los resultados. Y allí todo se hace más desparejo. Solo a ratos, y muy especialmente apoyados en lo que tienen que hacer los ojos, el dúo resulta interesante, novedoso, creativo. La mayor parte del tiempo, en cambio, los oídos revelan una música que se parece a experimentaciones de los años ’60 aunque con los recursos del presente y con una puesta escénica y una realización técnica incuestionables. Como si fuera, en definitiva, una suerte de muestrario de lo que se puede hacer hoy con las herramientas que entrega la era digital.

 

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