Teatro / 18 de mayo de 2012

Teatro

Viaje a lo diferente

“Rain man”, sobre el film de Barry Levinson. Con Juan Pablo Geretto, Fabián Vena y elenco. Dirección: Alejandra Ciurlanti.
En La Comedia, Rodríguez Peña 1062.

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Muchas veces el cine se ha alimentado del teatro para filmar sus propias versiones de obras como, solo por nombrar algunas, las de Tennessee Williams (“Un tranvía llamado deseo”, “La gata sobre el tejado de zinc caliente”), Arthur Miller (“La muerte de un viajante”), Edward Albee (“¿Quién le teme a Virginia Woolf?”) y prácticamente todo Shakespeare. En los últimos tiempos, sin embargo, el teatro parece dispuesto a recorrer el camino inverso y comienza a poner en escena algunos clásicos del cine como “La guerra de los Roses” (Danny DeVito, 1989) o “Cuando Harry conoció a Sally” (Rob Reiner, 1989).
En este caso, la directora Alejandra Ciurlanti presenta la versión teatral de “Rain man”, la conmovedora película de Barry Levinson (1988) protagonizada por Dustin Hoffman y Tom Cruise. El elenco local es, sin duda, impecable: Fabián Vena como Charles Babbitt tiene ese perfil entre seductor y peligroso que podría ser la definición misma del vendedor de autos, precisamente su oficio. Y Juan Pablo Geretto compone un Raymond Babbit de enorme dimensión emocional. La adaptación es fiel: tras la muerte de su padre, con quien no tenía una relación fluida, Charles Babbitt se entera de que tiene un hermano, Raymond, cuya existencia desconocía pero tal vez había soñado. Y no solo eso, también se le informa que su hermano Raymond heredó entera la fortuna de su padre, unos catorce millones de dólares.
Raymond padece una forma especial de autismo, el síndrome de Savant, que le da una memoria sobrenatural y una capacidad matemática superlativa, pero le impide incorporar las reglas de convivencia más elementales. Es un personaje de una ternura desgarradora que parece mostrar todo el tiempo al ser humano en su verdad extrema: tiene claro lo que quiere y lo que no quiere, y no le importa nada más. Para Charles esta aventura comienza como un vigoroso reclamo por la mitad de la herencia, pero se convierte en un viaje de los hermanos hacia un vínculo de conocimiento y madurez. Sin golpes bajos, sin finales edulcorados.
Es una bella historia que debe sostener por sí misma toda la puesta. La escenografía de Jorge Ferrari es despojada, tal vez demasiado. Sobre un fondo oscuro de trama severa, se vale de unos escasos elementos para marcar las etapas del viaje, los tiempos, los ambientes. Un reloj mutante, dos camitas en el hotel, tres sillas en la casa del padre, unas luces en Las Vegas. Todo el espacio lo ocupan Geretto y Vena. El discreto elenco que los rodea, médicos, camareras, abogados, policías, dicen sus líneas lo mejor que pueden pero se ven un poco a la deriva. La dirección parece concentrada principalmente en respetar la historia, y tal vez no crea necesario agregarle nada más.

 

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