Clásica / 4 de Junio de 2012

clásica

Un torbellino llamado Lang Lang

Concierto del pianista Lang Lang, con obras de Bach, Schubert y Chopin. Abono Bicentenario. Teatro Colón.

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Al igual que en la música popular, en el mundo clásico hay figuras fulgurantes, y Lang Lang es una de ellas. Con actitud desenfadada y un carisma desbordante, este pianista chino, que pronto cumplirá los treinta años, es una de las figuras más promocionadas del momento. Su salto al estrellato se produjo en el 2008, cuando actuó en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín. Hoy su nombre resuena en todo el mundo, no solo por su estatura artística, sino por la influencia que ejerce entre los jóvenes de su país, que en los últimos años se volcaron masivamente al aprendizaje del piano, en un fenómeno que se bautizó como el “efecto Lang Lang”.

Pero, en el ámbito de la música académica, una trayectoria de ese nivel no se sostiene sin talento, y el de Lang Lang es absolutamente descomunal. Es cierto que parte del fenómeno que representa se basa en su magnetismo, pero cuando sus dedos rozan el teclado, la calidad artística prevalece.

Su técnica es de una perfección asombrosa y su compromiso con la música se traduce en una intencionalidad expresiva que busca siempre sorprender. Esa expresividad comienza en cada uno de sus gestos y se concreta en el resultado musical, con una deslumbrante variedad de matices. Por momentos, su vehemencia interpretativa puede parecer arbitraria, o llegar, incluso, al borde de la afectación, algo particularmente notorio en la primera parte del concierto, con la Partita N°1 de Bach y con la Sonata en Si bemol mayor de Schubert. Pero la misma intensidad que en esas obras resultó abrumadora, encontró un vehículo ideal en los Estudios op. 25, de Chopin, que se escucharon después del intervalo. Lang Lang los abordó con una musicalidad y un dominio técnico apabullantes, resaltando magníficamente los contrastes de expresividad y de carácter entre cada pieza.

Fuera de programa, interpretó una melodía china y una magnífica versión de “La Campanella”, de Liszt. Ante los persistentes aplausos, respondió con saludos, tomando las manos de quienes se arrimaron al escenario, y terminó arrojando al público, además de las flores que le habían entregado, el pañuelo que lo acompañó durante el concierto, en un gesto distendido y ameno que lo emparienta con algunas estrellas del deporte. Una auténtica ráfaga de aire fresco en el riguroso y almidonado mundo clásico.

 

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