Teatro / 22 de junio de 2012

teatro

Un friso pasional

Viniendo del mundo de la lírica, no sorprende que las puestas teatrales del director y regisseur Daniel Suárez Marzal, en general, tengan una fuerte impronta operística, caracterizadas por un gran despliegue escenográfico y rigurosidad histórica en el vestuario. Su actual montaje de “Yerma”, una de las obras capitales del poeta y dramaturgo español Federico García […]

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Viniendo del mundo de la lírica, no sorprende que las puestas teatrales del director y regisseur Daniel Suárez Marzal, en general, tengan una fuerte impronta operística, caracterizadas por un gran despliegue escenográfico y rigurosidad histórica en el vestuario. Su actual montaje de “Yerma”, una de las obras capitales del poeta y dramaturgo español Federico García Lorca (1898-1936), no es la excepción. Estrenada en 1934, la pieza forma parte de lo que se denomina “trilogía lorquiana”, junto con “Bodas de sangre” (1933) y “La casa de Bernarda Alba” (1936).

Nuevamente el ambiente rural ibérico, aferrado a sus ancestrales costumbres, resulta el contexto opresivo ideal para que se desarrolle la tragedia. En la trama se abordan los conflictos internos de Yerma, una campesina sumida en la frustración al no poder concebir hijos con su marido Juan, a quien, de todos modos, no parece amar. A la vez, muy a su pesar, se siente atraída por Víctor, amigo de la infancia y un potencial amante. Algo que le vale las murmuraciones del pueblo, hace tambalear sus convicciones de honor y deber, así como acrecienta su deseo de ser madre. Pero fundamentalmente, alimenta un odio que la corroe hasta la locura, al punto que cuando se entera que su esposo no puede ni quiere tener descendencia, lo mata.

A este vendaval de pasiones y sobre el lirismo intrínseco del texto en su bellísimo uso de la lengua española, Suárez Marzal le suma varios segmentos de flamenco -con músicos, cantantes y bailaores en vivo- las canciones originales de Lorca, el numeroso elenco juvenil femenino y un aparatoso despliegue de carros y retablos. Lo cual, lamentablemente, en vez de transformarse en un aporte sustancial, distrae la tensión dramática que se genera en escena.

Sin embargo, cuando acentúa la fuerza de los diálogos íntimos, emerge intacto el aceitado oficio de Tina Serrano, Ana María Castel y Susana Lanteri, como las viejas del pueblo, y se destaca el notable esfuerzo y compromiso interpretativo de Malena Solda, Sergio Surraco y Pepe Monje, a cargo del trío protagónico. Por cierto, en la función que presenció este cronista, Solda se lastimó las manos al romperse una jarra de vidrio, lo que obligó a realizar un breve intervalo para atenderlo y continuar la representación. Resulta incomprensible que no se haya previsto otro material de utilería para evitar accidentes en un montaje pautado con incesantes entradas y salidas.
Más allá de los reparos, el espectáculo logra capturar la atención sobre una obra mayúscula y es un mérito que nuestro único teatro nacional la haya incluido en su programación.

 

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