Libros / 29 de Junio de 2012

libro

El narrador

“Todo oscuro y sin estrellas”, de Stephen King. Plaza y Janés, 439 págs. $ 95.

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En la producción torrencial de Stephen King hay un desplazamiento en los últimos años. Sigue produciendo sin parar enormes novelones (“La cúpula” y el reciente “22/11/63”, por ejemplo). Es lo que esperan sus lectores, y sus editores. Pero acentuó la proporción de cuentos o novelas cortas. En el primer renglón, ningún título alcanzó la calidad de algunos de sus clásicos: “La hora del vampiro”, “El resplandor”, “It”, “Misery”.
En el segundo, ha demostrado ser uno de los grandes narradores de medida corta en la literatura estadounidense.
“Todo oscuro y sin estrellas” lo demuestra. El primer relato, “1922” tiene más de 150 páginas. Ambientado en un entorno rural, despliega una tragedia de terror extrema. En las primeras páginas padre e hijo comparten el asesinato de la madre que quiere escapar a la ciudad.

Lo que sigue es una prensa destructiva, implacable y gótica, narrada por la voz de ese campesino atrapado por su propia decisión (y locura). La negrura es lenta, macabra, inolvidable, y asombra gravemente, una y otra vez.
En el otro extremo,
la “breve” “Una extensión justa” (37 páginas), renueva el tema del trato con el Diablo. El final esquiva la sorpresa final “demoníaca”.
Presenta en cambio la fría vida común de una pareja veterana y triunfadora de hoy, con sus renuncias a toda reacción humana, como la verdadera catástrofe.
En “Un buen matrimonio” una mujer descubre que su esposo de más de 20 años (con hijos ya grandes incluidos) ha sido todo ese tiempo un monstruo oculto. Es una historia de aguante, desilusión, planificación lenta, y coraje. En las últimas páginas, también de redención.

El único relato que se pierde en vueltas de tuerca e influencias varias (algo nada infrecuente en la laberíntica obra de King) es “Camionero grande”, que compite en desventaja con otros relatos de sí mismo sobre el maltrato sexual intenso.
En el epílogo, King cita a Frank Norris: “Nunca me quité el sombrero ante la oda ni lo extendí por algunas monedas”. Él trata de cumplir con la consigna, y lo logra con creces en casi todos estos relatos. Parte del proceso tiene que ver con su propia maduración personal.
Las novelas son otra historia.

 

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