Libros / 13 de Julio de 2012

libro

La máquina de citar

“La soledad del lector”, de David Markson. La bestia equilátera, 254 págs. $ 83.

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Cuando uno lleva varias décadas en esa actividad, ser lector puede ser un vicio o una maldición. En especial por la acumulación simple de los libros no leídos: comprados, canjeados, no devueltos por desidia o cálculo. Esa sensación no es rara: basta encontrarse con alguien más de la cofradía.

Creo que para todos ellos –y yo– este libro es una suma extraña al “canon” de textos sobre el tema de la lectura, que muchas veces termina siendo el de la escritura. David Markson fue un escritor de géneros como el “western” o la policial, lector omnívoro, compañero de trayectorias de gente como Conrad Aiken, Dylan Thomas o Jack Kerouac, según la solapa. Nacido en 1927, ya veterano (entre las décadas de 1980 y 2000) escribió una serie de admirados libros donde se cruzaban el existencialismo, la filosofía y, a partir de este que comentamos, el experimento.

La forma es rara, sí, pero muy legible. Ya en las primeras páginas advertimos que se tratará de una mezcla peculiar entre una novela que nunca termina de empezar (lo más breve) e incontables citas sobre escritores, músicos, pintores. Ya leídas unas 100 páginas aparece la sensación creciente de que Markson pertenecía al club de quienes siguen recorriendo librerías o comprando libros sin fin, porque la amplitud de los autores que cita (o de parientes, amigos o enemigos de autores) no tiene fin. Además se relacionan de inmediato con la biblioteca de cualquier lector bulímico y un poco neurótico, condición que se perfeccionó a partir del libro de bolsillo, o algunas colecciones de kiosco. Una especie de prueba es haber incluido citas sin el autor, que serán reconocidas de variada manera según los lectores.

Por si hicieran falta más datos, el eterno principio de novela junto a una playa y un cementerio tiene solo un Protagonista (como Markson trató a Malcolm Lowry), y un Lector. El título original es más bien: “Bloqueo de lector”, en vez del clásico “bloqueo de escritor”. Nada optimista, pero abrumadora en la cantidad, la lista de citas –muchas de ellas citables– acumula los suicidios, las muertes raras, las conductas extravagantes. Pero también la alegría expansiva y misteriosa de leer. Y de escribir.

 

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