Blogs / 21 de julio de 2012

Cristina íntima

¿Cómo es la presidenta en la intimidad? ¿Cambia de humor? ¿Es tan dura como parece? Relatos de su círculo íntimo

Los anillos de la intimidad son tres. El primero, abarca todo lo relacionado al trabajo. Por ejemplo, aquellos empresarios que entran en contacto con Moreno, en un mismo movimiento, le temen y lo respetan. ¿Por qué? El hombre podrá estar loco pero no gestiona negociados.

El segundo anillo está integrado por los colaboradores, clasificación amplia que cubre desde choferes hasta peluqueros. Se cuentan entre los que menos hablan, incluso permanecen en silencio después de “separarse” del personaje.

El tercero, donde ocurren todas las tormentas, está compuesto por familiares, amigos y demás. Dentro del “segundo anillo” y contra lo que se cree, Cristina Kirchner cosecha muchas lealtades. Por ejemplo, si está de humor, es capaz de meterse en la cocina y ayudar a quienes trabajan ahí (lo hizo cuando llegó la delegación china). Y si entra en un ataque de furia, lo que suele ocurrir seguido, jamás se las agarrará con ese entorno. Por eso, muchos de sus servidores son testigos de gritos y golpes de puertas, aunque nunca blancos de ataque directo. Desde el señor que le cuida la piel hasta la maquilladora, todos tienden a defenderla. “Son muchos años en el poder”, la esculpan después de contar algún que otro arranque de ira.

Parece que, en el último año, habría disminuido en forma significativa su preocupación por las cuestiones estéticas; obsesión que supo atraparla, y ahora volvió a los niveles normales de cualquier mujer que se cuida. Algo tuvo que ver en esto la sorpresiva muerte en Uruguay de Iván Heyn, suceso que la traumatizó. La más sensata del reducido grupo familiar sería Florencia quien, no sólo quiere que su madre termine con esta parafernalia política de una buena vez (no lo hará y buscará la reelección sí o sí), sino que se muestra preocupada por su hermano, Máximo, a quien no vería del todo bien. Y lejos está de pensar en la rodilla del jefe de La Cámpora.

Aparentemente, ambas suelen cruzarse fuerte ni bien hablan del asunto, ya que Máximo es la luz de los ojos presidenciales. De costumbres alimenticias prusianas, el único “vicio” que preocuparía a su entorno íntimo (en especial después de la operación de tiroides) es su gusto por el vino blanco que, según algunos testigos, le habría traído tropiezos en su viaje a Angola. Tampoco la ropa le preocuparía tanto ahora.

Mientras los medios no paran de sugerir que luce “desequilibrada”, lo más cercanos aseguran que es al revés, que está volviendo a ser lo que era cuando transitaba los pasillos del Congreso, eliminando todo tipo de afectación. “Otra vez va a los bifes y se permite ser rea”, repiten. ¿Lo más llamativo? A pesar de su fama pública de villana que carnea perritos y tortura vendedores de inmobiliarias, quienes la conocen de cerca aseguran que, comparada con Daniel Scioli, la presidenta es más buena que Lassie. Obvio que hablan sólo por comparación.