Opinión / 27 de julio de 2012

Cristina, con la economía en contra

La Presidenta castiga a sus funcionarios por no encontrar soluciones a la inflación y la crisis del dólar. Moreno, en capilla.

Durante años, Cristina contó con el apoyo entusiasta de un aliado poderosísimo: la economía nacional. Para euforia de los fanáticos K y consternación de los demás, sus columnas blindadas, aprovisionadas de combustible por el complejo sojero, aplastaban todo cuanto encontraron en el camino, despejándolo para que los comprometidos por “el proyecto” de la señora pudieran ocupar una multitud de espacios bien remunerados o, en el caso de los reacios a perder el tiempo dedicándose a aburridos quehaceres políticos, consiguieran enriquecerse aprovechando sus contactos con funcionarios amigos. Fue gracias a la ayuda que le prestó la economía que Cristina pudo disfrutar de aquel triunfo plebiscitario en las elecciones de octubre pasado.

Puede entenderse, pues, la indignación que siente la presidenta por la conducta reciente de lo que, con cariño maternal, llama su “modelo”. Siente que la economía le ha traicionado, que ha cambiado de bando. En efecto, ya milita, con la misma eficacia brutal que antes, en las filas opositoras. A menos que el gobierno logre reconciliarse con ella, lo que a esta altura no parece posible, sería plenamente capaz de pulverizarlo en un lapso muy breve.

Como tantos otros mandatarios en circunstancias parecidas, Cristina tiene que optar entre modificar radicalmente el rumbo que se ha fijado, lo que a su entender equivaldría a resignarse a una derrota muy humillante, y mantenerse en sus trece con la esperanza poco realista de que el desastre prenunciado no se produzca mientras aún esté en el poder. Puesto que la Presidenta supone que lo que está en juego no es solo su propia popularidad, o sea, su capital político, sino también la causa ideológica, cuando no mitológica, con la que se ha identificado, es evidente que le atrae más la segunda alternativa. Quisiera “profundizar el modelo” aunque solo fuera para castigar a “las corporaciones”, a “la oligarquía”, a los predicadores de la asquerosa secta “neoliberal” y, para rematar, a “los mercados” que, como todos saben, encarnan lo antipopular.

La tentación de seguir adelante pase lo que pasare es grande para Cristina pero, si le resulta irresistible, el movimiento que se ha aglutinado en torno a su figura compartirá el destino nada envidiable de tantos otros basados en el voluntarismo, como los encabezados en su momento por Isabelita Perón, Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa, además de los generales del Proceso militar. Todos cayeron víctimas de su incapacidad para disciplinar la congénitamente díscola economía nacional. Es poco probable que sean los últimos: parecería que dejarse seducir por “modelos” facilistas es inherente al ADN de la clase política.