Showbiz / 3 de Agosto de 2012

Cine para nostálgicos

La película fantasma

La tercera entrega de “Cazafantasmas”, boom del cine de los ’80, entre peleas y millones.

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En 1984, Columbia Pictures repartió los derechos sobre la marca y estética de “Cazafantasmas” entre sus creadores, director y elenco.

Nadie quiere pagar por ver a tres viejos gordos persiguiendo fantasmas”. Al menos eso opinaba hace unos dos años el actor Bill Murray, protagonista de las dos películas de los “Cazafantasmas”. De hecho, su opinión era tan contundente que no solo la puso por escrito, sino que se la envió en una nota a los productores de “Cazafantasmas III”. En el mismo sobre les mandaba de regreso el guión, que había hecho pedazos con sus propias manos. Temperamental el amigo Murray. ¿Pero por qué el actor de “El día de la marmota” y “Perdidos en Tokio” es tan vital para una tercera entrega? Pues porque, además de ser la cara visible y más famosa de los dos hitazos del cine ochentoso, es uno de los cinco (sí, cinco) dueños de la propiedad intelectual sobre la marca “Ghostbusters”, sus personajes y toda la estética involucrada.

Allá por 1984, Columbia Pictures no parecía sospechar que una comedia paranormal que retratara a un grupo de pseudocientíficos alocados cazando fantasmas por Manhattan con rayos de protones fuera a convertirse en verdadero cine de culto. Porque, además de los respectivos honorarios, el estudio le dio participación en los derechos a Murray, al director Ivan Reitman, a los coprotagonistas Harold Ramis, Sigourney Weaver y Dan Aykroid.

Glorias pasadas. El propio Aykroid inventó a los “Cazafantasmas” a principios de la década del ’80, cuando aún era uno de los comediantes de “Saturday Night Live”, con la esperanza de llevarla al cine, como ocurriría con “Wayne’s World” y otros “spin-off” del programa cómico más célebre de la NBC. Logró su objetivo, aunque poco y nada quedó de su primer guión en la versión final. Un síntoma que iba a repetirse en la parte dos –muchos han acusado a Aykroid de ser complejo, aburrido y pretencioso en sus scripts– y que ha sucedido también con esta tercera parte.

Sin embargo, algo de razón tendrían los productores, porque la primera película fue un boom que superó los 200 millones de dólares de recaudación histórica, fue incluida en la lista de las cien comedias más importantes del siglo XX por el American Film Institute y dio el puntapié inicial a una franquicia más que redituable. Nada mal para una película que costó apenas 30 millones de dólares. Casi cumpliendo el axioma y prejuicio sobre las secuelas, la segunda parte, de 1989, no logró alcanzar a la primera ni en recaudación ni en risas, pero demostró que el público estaba dispuesto a darle la bienvenida a más material que implicara la persecución de espectros hectoplasmáticos.

Así, surgieron dos series de dibujos animados –a las que Bill Murray se negó a ceder los derechos de su imagen–, varias historietas y una larga lista de videojuegos para casi todas las plataformas de los últimos treinta años, desde la histórica Apple II hasta la más moderna Xbox. El cómico factura por cada artículo de la franquicia, incluyendo cómics, dibujos animados, reediciones en DVD y por cada muñequito que alguna vez se haya vendido en una juguetería y su fortuna personal ronda los 110 millones de dólares.

Más información en la edición impresa de la revista.

 

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