Política / 21 de Agosto de 2012

ADELANTO EDICIÓN IMPRESA

Crónica de la mujer que hizo confesar a Pontaquarto

La periodista Fernanda Villosio relata en primera persona los detalles del día que consiguió la confesión de Mario Pontaquarto, el arrepentido de los sobornos en el Senado.

Por

Mario Pontaquarto, llegando a los tribunales de Comodoro Py.

La primera vez que lo entrevisté como protagonista de los sobornos del Senado fue hace casi 9 años. Sentados en un bar, se inclinó sobre la mesa con el gesto de quien va a contar un gran secreto y me dijo, refiriéndose a sí mismo: “Yo sé todo porque Pontaquarto fue el que llevó las valijas”.

Seis años después, frente a frente una vez más, descerrajó otro secreto, más íntimo: había intentado suicidarse. Mario Pontaquarto era entonces la ruina del gran operador radical que había sido. Sin trabajo ni familia, con deudas económicas y el señalamiento silencioso de sus pares por haber traicionado los códigos de la política, se sentía vencido.

Me propuse después no volver a escribir sobre el tema. La historia de Pontaquarto, como ícono de una corrupción institucional que en tiempos kirchneristas escandaliza cada vez menos, había pasado a formar parte de mi propia historia. Atravesaba mi vida. Y eso no está bien visto en periodismo.

Por esa cuestión de la pretendida objetividad, que tanto nos han machacado a los periodistas cuarentones como yo, que nos formamos bajo el modelo del Watergate, hoy pasado de moda para muchos colegas que suscriben el periodismo militante. Me da hasta cierto pudor decir que siento simpatía por este hombre pelado, que en una regresión adolescente cambió el traje por una gorra de béisbol, un poquito fanfarrón y canyengue, habitué de las carreras de caballos, de pasado oscuro y presente imperfecto.

Un hombre que se recicló a sí mismo, por las razones que sean, en un país sin cultura del arrepentimiento. Y que está dispuesto a pagar un costo penal –inculpándose– y social –habiéndose aislado de su viejo entorno– por defender su verdad, la que fue convalidada en su mayoría por el juez Daniel Rafecas mediante pruebas objetivas.

Desde aquel encuentro periodísticamente infartante hasta el juicio que comenzó el martes 14, Pontaquarto mantuvo sin cambios sustanciales su relato sobre cómo buscó en la SIDE las valijas de las coimas, las escondió en su casa y las llevó al departamento de un senador peronista. No es poco. “Quiero que me condenen”, dijo al salir de Tribunales. Curioso pedido en esta Argentina de la impunidad.

Lea la historia completa en la última edición de la Revista NOTICIAS.

 

4 comentarios de “Crónica de la mujer que hizo confesar a Pontaquarto”

  1. El mantener silencio ante un delito es condición de vida para las mafias, pero inexorablemente termina matando a las Repúblicas. No es raro que haya cada vez mas mafias y menos República.

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