Editorial / 23 de agosto de 2012

Capitalismo fantasma

Mientras en el Congreso se discutía la expropiación de la polémica empresa de hacer billetes, Vandenbroele se sigue moviendo como un personaje anónimo.

Vandenbroele. El miércoles 22 por la mañana, NOTICIAS fotografió al eslabón perdido del Boudougate.

Antes de que estallara el Boudougate, Alejandro Vandenbroele era el único desconocido de los protagonistas de esta trama escandalosa. La Justicia lo tiene en la mira, con la sospecha firme de que fue el inquilino no reconocido de un departamento del vicepresidente en Puerto Madero, lo cual probaría, entre otras evidencias, que Amado Boudou conocía muy bien al rostro visible del desembarco K en la imprenta Ciccone.

Este miércoles, mientras en el Congreso se discutía la expropiación de la polémica empresa de hacer billetes, un fotógrafo de NOTICIAS lo descubrió saliendo de su casa en Recoleta. A pesar de tanta exposición mediática, Vandenbroele se sigue moviendo como un personaje anónimo, amparado quizás en el sentido común de sus vecinos, que no lo consideran más que un humilde engranaje en una maquinaria comandada desde las sombras por los verdaderos dueños del negocio que más dolores de cabeza le causó a la Presidenta.

El solo hecho de que una esposa despechada –Laura Muñoz, ex de Vandenbroele– haya podido triturar la credibilidad del vice de Cristina Fernández, en un proceso que causó bajas dolorosas en el oficialismo judicial y que, en plena investigación por corrupción, desembocó en la estatización de una firma con accionistas fantasmas, deja bien claro que las sospechas que despierta el caso están más que fundadas.

También evidencia la desconfianza crónica de la opinión pública con respecto a la transparencia que enuncia la gestión K. Pero lo más preocupante es el cinismo resignado con que la Argentina acepta las reglas de juego desiguales y arbitrarias que le impone su dirigencia política. Aquel “no te metás” instalado en tiempos dictatoriales –y que tanto denuncia el actual progresismo oficial– sigue vigente, metamorfoseado en una triste indiferencia por la legislación republicana que regula las relaciones políticas y económicas entre representantes y representados. Eso que llamábamos democracia, y que no deberíamos dejar que pase de moda.