Danza / 23 de Agosto de 2012

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Dos potencias se saludaron

En una única función que formó parte del Festival de Tango de Buenos Aires, la compañía Tangokinesis deslumbró con una serie de coreografías sobre música de Astor Piazzolla.

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La música de Astor Piazzolla es compleja, cambiante, vasta. Felizmente superada la etapa en que fue resistida, su carácter académico y a la vez popular resulta atractivo para diferentes públicos y, claro, también para los coreógrafos a la hora de armar espectáculos. Pero esa riqueza también implica un gran desafío: el de estar a la altura de las circunstancias.

Con una frondosa carrera que ya acredita 30 años como coreógrafa, Ana María Stekelman se distingue por haber logrado una marca de estilo para sus creaciones. A través de su compañía Tangokinesis, viene explorando la fusión del tango con la danza contemporánea y otros lenguajes desde 1993. Por eso, el show que se presentó el sábado último en el Centro Municipal de Exposiciones, con las cuatro parejas de Tangokinesis que bailaron durante 35 minutos músicas de diferentes etapas del bandoneonista marplatense, resultó algo así como un encuentro de dos potencias creativas. El contexto en que se dio la feliz alquimia fue el Festival de Tango organizado anualmente por la Secretaría de Cultura del Gobierno porteño, con el valor agregado de que fue gratuito.

Desde el comienzo, con el saxo de Gerry Mulligan atacando las melancólicas frases de “Años de soledad”, los movimientos de Federico Luna cautivaron por su capacidad expresiva. Más tarde brillaría en compañía de su partenaire, Florencia Segura, y hasta con Ramón Salina en un dúo masculino antológico que tuvo en “El Choclo” piazzolleano su banda de sonido. La concatenación de cuadros coreográficos, todos autónomos pero contundentes, se basó en los trabajos de pareja, como conviene al tango. Así, Salina volvió a brillar luego abrazado a Bárbara Ercole con “Vibrafonísimo”, el tema que Piazzolla grabó con Gary Burton, en tanto Pedro Calveyra y Nora Robles, los dos bailarines históricos de la compañía, tuvieron dos tramos de lucimiento exclusivo. En el primero, los más veteranos del grupo se movieron con citas al ballet clásico y transiciones lánguidas; pero en el segundo, hubo una energía mucho más intensa y tanguera. Para “Tango diablo”, en el único cuadro grupal de la noche, confluyeron los seis con Julio Arias y Daniela Torreche, la pareja que completó el elenco.

Todas las coreografías fueron estrenos, excepto lo pautado para “Escualo” en los cuerpos de Calveyra y Robles, lo cual habla del compromiso de Stekelman, que podría haber echado mano a tanto de lo que ya había generado sobre música de Piazzolla en su carrera y aun así dejar una excelente impresión.
Los ocho intérpretes mostraron una técnica encomiable. En realidad, esa potencia física es un requisito indispensable para poder cumplir con las ideas de Stekelman, siempre complejas. Porque si bien sus coreografías se desarrollan en un lenguaje accesible para el espectador común, son tan ricas en matices y sorpresas que terminan siendo de una originalidad fascinante.

Todo ocurrió sin escenografía, con una iluminación por demás sencilla y un vestuario elegante pero sobrio, de Jorge Ferrari. A diferencia de lo que ocurre con los musicales u otras obras de danza, tampoco hubo un relato o mensaje para transmitir. Fue en la música del gran Astor que estuvo puesto el foco. En ese sentido, por las diferentes atmósferas que supieron generar los bailarines y por la estricta musicalidad con que se movieron, resultó un espectáculo muy eficaz, que terminó con la ovación del público exultante.

 

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