Opinión / 23 de agosto de 2012

Entre la re-re y el abismo

Eterna. La Presidenta buscar quedar habilitada para un tercer mandato antes de que la devore interna peronista.

Los funcionarios y legisladores argentinos hablan con fluidez envidiable el lenguaje propio de la democracia occidental, pero a menudo la cultura política del país parece tener mucho más en común con aquella del Oriente Medio que con la europea o norteamericana. Por cierto, a esta altura sería difícil negar que las instituciones locales son, como las que se han improvisado en muchos países árabes, Irán y Pakistán, a lo sumo copias burdas de las existentes en el mundo desarrollado. Son cáscaras vacías cuya función principal es decorativa. Asimismo, casi todos los partidos o facciones están al servicio de personas determinadas que, si les es dado hacerlo, se las arreglan para aprovechar las oportunidades suministradas por el poder para ubicar a sus familiares y amigos en puestos clave o, por lo menos, lucrativos, como hacen sus homólogos en el mundo musulmán. Operan como clanes, cuando no como organizaciones mafiosas. El sistema resultante, enfermo como está de nepotismo y amiguismo, es congénitamente corrupto.

Una consecuencia de esta realidad deprimente es que los mandatarios se sienten obligados a procurar eternizarse en el poder. Aun cuando por algún motivo el jefe máximo de turno quisiera respetar los límites constitucionales, la horda de dependientes que lo rodean tratarán de convencerlo de que es imprescindible, que es un estadista de dimensiones gigantescas y que si se le ocurriera abandonar la Casa Rosada, el país se hundiría en el caos, de ahí el fantasioso “tercer movimiento histórico” que en su momento sedujo a los seguidores más entusiastas del radical Raúl Alfonsín.

En cierto modo, la prédica de los incondicionales del líder “carismático” coyuntural es realista: por ser tan raquíticas las instituciones, en especial las encargadas de impedir que integrantes del Gobierno cometan demasiadas transgresiones, al país le es muy difícil funcionar de manera aceptable en los intervalos esporádicos que se dan entre el ocaso de un líder providencial y la consagración de su sucesor. Sin un gobierno “fuerte”, lo que por lo general quiere decir arbitrario, todo se viene abajo con rapidez desconcertante.

Fue merced a su capacidad para proyectar una impresión de firmeza rencorosa ensañándose con una serie de chivos expiatorios, que Néstor Kirchner logró “construir poder” en un lapso muy breve; días después de ser elegido presidente con apenas el 22 por ciento de los votos, la proporción más baja de la historia del país, el hasta entonces apenas conocido patagónico gozaría de un índice de aprobación asombrosamente alto, hazaña que muchos festejaron por significar, a su juicio, la restauración de la autoridad presidencial.