Clásica / 23 de Agosto de 2012

clasica

Medio siglo no es nada

Concierto de la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. Director: Zubin Mehta. Obras de Beethoven, Ginastera y Dvorák. Mozarteum Argentino. Teatro Colón.

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Cada nueva visita de Zubin Mehta a Buenos Aires genera expectativas, pero esta ocasión era particularmente especial, ya que se cumplían nada menos que cincuenta años del debut del célebre director en esta ciudad, allá por 1962.
Esta vez, Mehta llegó junto a la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino, de la cual es director principal desde 1985. Y, como sucede cada vez que dirige a las orquestas con las que lo une un vínculo estrecho y duradero, Mehta no necesitó desplegar grandes gestos ni ademanes ampulosos para lograr lo que esperaba de los músicos. Firme y carismático, guió a la orquesta con indicaciones precisas y sutiles, en un repertorio en el que primaron la calidad y la variedad estilística.

El segundo de los conciertos que Mehta y la orquesta ofrecieron en el Colón fue de menor a mayor, y comenzó con una prolija lectura de la Sinfonía N°8 de Beethoven, que permitió percibir un cuidado equilibrio entre los planos sonoros de las filas de la agrupación.
La inclusión de las Variaciones concertantes, de Alberto Ginastera, en un programa que comenzó con Beethoven y finalizó con Dvorák, contribuyó a aportarle al concierto una diversidad y un eclecticismo que siempre son bienvenidos. Mehta y los músicos dominaron magistralmente la variedad tímbrica y el carácter contrastante de cada una de las variaciones que conforman la obra, en la que, además, se destacaron las intervenciones de los solistas de cello, arpa, flauta, oboe y fagot.
Después del intervalo, la orquesta encontró el vehículo perfecto para canalizar todo su potencial en la Sinfonía N°9, de Dvorák, un clásico del repertorio sinfónico romántico. La vibrante expresividad de la obra fue plasmada de manera admirable por los músicos de la orquesta, que, bajo la guía de Mehta, desplegaron una paleta sonora imponente y alcanzaron, con el bellísimo segundo movimiento, uno de los momentos más íntimos y etéreos del concierto.

Los persistentes aplausos del público tuvieron como recompensa tres piezas fuera de programa: la Danza eslava N°8, de Dvorák, una estilizada orquestación de “Por una cabeza”, de Gardel, y, como despedida, la obertura de “Las vísperas sicilianas”, de Verdi.

 

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