Ciencia / 23 de agosto de 2012

ADELANTO EDICIÓN IMPRESA

¿Por qué somos solidarios?

Las razones para ser altruistas, aún a riesgo de la propia vida. Genes vs. psicología. Galería de fotos.

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Desinterés. Ayudar sin esperar recompensa produce sensaciones placenteras en el cerebro.

Cuando en marzo del 2011 un tsunami y un terremoto de grado 9 (en una escala máxima de 10) sacudía y destruía la costa este del Japón, haciendo explotar la central nuclear de Fukushima, gran parte de los habitantes del mundo fueron testigos mudos de las palabras de un pequeño grupo de empleados de mantenimiento nipones. Ellos se ofrecían a entrar a la planta en medio del desastre, para tratar de tomar control de la situación. “Solo hay algunos de nosotros que podemos hacer este trabajo, yo soy soltero y joven, y siento que es mi obligación ayudar en lo que pueda”, decía un chico muy joven, humilde y anónimamente, sin temblequeos o dudas. ¿Por qué lo hacía? Estaba metiendo la cabeza en un horno encendido, sabiendo cuáles podían ser las peores consecuencias: contaminarse y morir en poco tiempo, o enfermarse de por vida.

Quince días atrás, más cerca, en las orillas del Río de la Plata, la cantante Sandra Mihanovich donaba uno de sus riñones a su ahijada Sonsoles Rey Obligado. Y casi a diario algún bombero se mete en derrumbes e incendios para sacar gente atrapada, aún arriesgando su propia vida, o un adolescente se tira al agua de un arroyo o de un río para salvar de ahogarse a un chico al que nunca antes había visto.

Si la versión popular de la teoría de la evolución de Darwin, esa que dice que “los más fuertes y exitosos ganan”, fuera realmente un mandato biológico, la única verdad, entonces ni el adolescente japonés, ni Mihanovich, ni los bomberos, ni un veraneante distraido deberían haber pensado nunca en ponerse en riesgo para ayudar a otra persona, teóricamente, un rival. ¿Por qué entonces el fenómeno de la solidaridad, del altruismo, son tan pervasivos, están tan diseminados, se  cuelan tanto dentro de sociedades de diferentes culturas y clases?

“A lo largo de las últimas dos décadas me dediqué a estudiar esta aparente paradoja. Mi trabajo indica que, en lugar de la competencia para sobrevivir como el más fuerte, la que vino actuando a lo largo de la historia de la evolución de la vida en la Tierra es la cooperación, ya desde las primeras células y hasta llegar al Homo sapiens. La vida no es solo una lucha por sobrevivir, es también algo así como un apretujarse para sobrevivir”, resume Martin Nowak, biólogo y matemático, director del programa de dinámica evolutiva de la Universidad de Harvard.

Los científicos diferencian entre el altruismo a nivel psicológico (es ese que implica actuar preocupándose por el bienestar de otro, sin mirar al interés propio) y el altruismo biológico (que es el que ayuda a sobrevivir a una especie en conjunto). Un ejemplo de altruismo biológico podría ser el de los monos verdes, que lanzan llamadas de alarma para advertir a los otros monos de la tribu la presencia de predadores, aún cuando eso atraiga la atención de los enemigos sobre sí mismos, aumentando las chances de ser atacados y asesinados. En este caso, aunque el propio animal corra riesgo, la que sale ganando es su propia especie, con lo cual a los grupos en los cuales hay individuos altruistas, que ayudan a los demás, a la larga les va mejor.

Los seres humanos, por otro lado, parecerían ser los únicos seres vivos que ayudan aún a costa de su propia seguridad y a personas a las que no conocen, que no son parte de un clan, tribu o grupo (más allá de pertenecer a la misma especie, claro). “Tal vez algún tipo de proceso del tipo de selección grupal le dio forma a la psiquis humana, aunque sea modestamente, como para garantizar que una buena cantidad de individuos ayuden tanto a sus semejantes, tengan tanto altruismo a nivel psicológico, como para garantizar la supervivencia y reproducción del grupo”, propone Ken Taylor, filósofo de la Universidad de Stanford.

Más información en la edición impresa de la revista.

 

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