Teatro / 31 de Agosto de 2012

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Caída libre

“El cabaret de los hombres perdidos”, de Simeón y Laviosa. Dirección: Lía Jelin. Con Omar Calicchio y elenco. En el Moliére, Balcarce 682.

Por

Perseguido por una patota, y acosado por un pasado infeliz, un muchacho (Esteban Masturini) llega a un pequeño bar de los arrabales, donde encuentra a los seres que en adelante van a marcar su vida: el barman del lugar, un joven gay que también es tatuador (Diego Mariani), una drag-queen extrovertida y cínica (Roberto Peloni), y un personaje de diabólicas cejas que se presenta como el mismísimo Destino (Omar Calicchio). A un costado de la escena, el hombre del piano (Gaby Goldman) acompaña activamente la acción y no solo con la música. El muchacho se llama Dick, un nombre de fuerte significado en el inglés informal, y según afirma quiere ser cantante. Pero el Destino, en esas circunstancias, le muestra un camino al parecer ineludible. Si quiere fama y riqueza su futuro pasa por el porno gay. Dicky tiene todo lo que se necesita para triunfar en el rubro, además del nombre, y tras cierta vacilación, puesto que se considera heterosexual, el muchacho toma ese rumbo y en efecto se convierte en una estrella.

En el escenario de por sí intimista del Moliére y apoyada por un excelente trabajo de iluminación, Lía Jelin logra el clima profundamente sórdido que la historia propone en cada uno de sus momentos: un bar que anuncia intermitente la perdición de sus hombres, un set de filmación de pornografía, y la casa de la versión paródica de Norma Desmond en Sunset Boulevar, una gloria porno retirada que ahora quiere producir un musical con Dicky como protagonista. Tal como el Destino le advirtió, la decadencia será inevitable, es el costo de su ambición. Ahora lleva el cuerpo cubierto de tatuajes, como marcas indelebles de su abyección; luego vendrán las drogas, la enfermedad y la muerte.

Las canciones no son de la clase que el espectador sigue tarareando cuando sale del teatro. O tal vez ese derrotero de calamidades en tono surrealista lo mantiene con el corazón apretado durante las dos horas de la función. La historia no tiene salida: la alternativa que se le había ofrecido a Dicky, aceptar el amor sincero del barman tatuador, lo imagina, increíblemente, vestido de mujer: no como una drag-queen sofisticada sino como una señora de su casa, la protagonista de un aviso de licuadoras.

Estrenada en París en el 2006, este musical de Cristian Simeón y Patrik Laviosa cuenta una historia de vergüenza y caída que ofrece muchos flancos para la lectura ideológica, justamente cuando el mundo cultiva una nueva mirada sobre la vida de la gente, e incluso sobre la industria de la pornografía. Con actuaciones impecables, buenas voces y un sólido respaldo técnico, es sin embargo una obra difícil de ubicar en su tiempo.

 

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