Opinión / 31 de agosto de 2012

Un escándalo tras otro

La estatización de la imprenta de billetes Ciccone intenta tapar un caso de corrupción que afecta al vice.
Por James Neilson

La Argentina siempre ha sido pródiga en novedades políticas y económicas que en otras latitudes motivan asombro pero aquí son consideradas perfectamente normales. Entre los cultores tempranos de lo incomprensible se encuentran próceres como el Restaurador de las Leyes Juan Manuel de Rosas y el krausista de oratoria rebuscada Hipólito Yrigoyen, pero sus aportes al género no pueden compararse con los que serían suministrados más tarde por una larga serie de peronistas. Los representantes más notables actuales de lo que podría calificarse de la gran tradición heterodoxa nacional son Cristina y la alegre tropa de militantes, personajes como Amado Boudou, Guillermo Moreno y Axel Kicillof, además de algunos familiares, que se han internado con ella en el fantasmagórico mundo del relato kirchnerista.

Las proezas de los kirchneristas, estos transgresores natos que se han rebelado contra el Universo, han merecido el interés de los aficionados a la subcultura gótica que viven en el exterior y, como es natural, sienten viva curiosidad por una alternativa ideológica (o religiosa) que se basa en la adoración del “Nestornauta” o “héroe colectivo”. Pero no solo es cuestión de las extravagancias conceptuales de los pensadores oficialistas. Son pocas las semanas que transcurren sin que se produzca por lo menos un episodio grotesco que en lugares más aburridos sería más que suficiente como para provocar la caída del Gobierno responsable pero que, felizmente para la señora y sus pibes hiperactivos, aquí sirven para tapar el escándalo anterior.

Así, pues, el affaire de los “sueños compartidos” protagonizado por las Madres de Plaza de Mayo metamorfoseadas en constructoras de viviendas, y los infaltables hermanos Schoklender, ya está desvaneciéndose en el olvido. El Gobierno espera que pronto caigan en el mismo pozo otros asuntos como los supuestos por el proselitismo de La Cámpora en las cárceles, colegios secundarios y jardines de infantes, el empleo de la AFIP para hostigar a aquellos temerarios que se animan a hablar mal del “modelo” o, lo que es pero aún, del Indec, y, claro está, la expropiación exprés –¿autoexpropiación?– de la empresa conocida como la “ex Ciccone”.

A pesar de ser la única empresa presuntamente nacional que está en condiciones de imprimir cantidades adecuadas de billetes en la Argentina, y que por lo tanto tiene que estar en manos de patriotas resueltos a recuperar la soberanía monetaria, parecería que la “ex Ciccone” es una empresa mostrenca, sin dueños legítimos, que durante algunos años vagó sin rumbo por las pampas hasta que Alejandro Vandenbroele y Boudou, que no se conocían, decidieron ayudarla a reinsertarse en la sociedad. Los legisladores oficialistas, hombres y mujeres de principios éticos muy rigurosos, creyeron a pie juntillas esta versión, razón por la que votaron sin chistar por la expropiación inmediata de la imprenta, pero sus homólogos opositores, tan malignos ellos, no vacilaron en acusar al Gobierno de querer apoderarse de evidencia de un curro en gran escala en que estaría involucrado el sonriente vicepresidente de la Nación.