Teatro / 7 de Septiembre de 2012

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Fallido guiño a Agatha Christie

“Código de silencio”, de Otero, Repetto y Laszo. Con Martín Repetto, Magali Sánchez Alleno y elenco. Dirección: Mariano Caligaris. El Cubo, Pasaje Zelaya 3053.

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La trama retrocede hasta la década del `30 y se ubica en el entonces recién fundado pueblo de Oliden, en el partido de Brandsen, provincia de Buenos Aires, donde imagina que funciona un psiquiátrico llamado “El silencio”. Las precarias comunicaciones de la época y las inclemencias climáticas promueven el aislamiento y la ausencia de visitantes, tanto de la ciudad como del hospital. En este contexto, un joven y flamante terapeuta, algo ingenuo y bondadoso (casi una recreación de Jonathan Harker en la novela gótica “Drácula” de Bram Stoker) arriba a la clínica para alojarse y ejercer sus prácticas profesionales. El recibimiento que le prodigan el temerario director de la institución, las enigmáticas enfermeras y un oscuro ayudante, es verdaderamente educado y formal, muy típico de aquellos tiempos, pero el ambiente ominoso se impone de inmediato.
Los internados lucen descuidados y violentos, abandonados a su suerte y al humor de los empleados de la entidad. Todos parecen compartir un secreto que los agobia y, como es previsible, no pasará mucho tiempo hasta que las primeras aristas del misterio se revelen y aflore una verdad ignominiosa.

Resulta obvio comparar el argumento con alguno de los que se encuentran en las numerosas novelas de Agatha Christie, sobre todo en ciertos guiños: un lugar alejado y hostil, la imposibilidad de trasladarse por factores meteorológicos, súbitas desapariciones, el pasado oculto, etc. La idea no es nueva, pero está bien recreada. El libro intenta plantear una reflexión sobre los difusos límites entre juicio y demencia. En ese sentido, lo logra; sin embargo, no permite el cabal desarrollo de la historia (de hecho, el final se precipita) y, por consiguiente, de los numerosos personajes.
Ningún intérprete puede aportar matices a la carnadura de sus criaturas por estar atrapados en una sola faceta. Y eso que el elenco reúne a un seleccionado de los más destacados del género musical local.

Al mismo tiempo, ni la puesta ni la dirección actoral consiguen definir un estilo y el contraste entre marcaciones naturalistas y clownescas no da buenos resultados. Salvo el espléndido vestuario, de un buen gusto, creatividad y exactitud inusuales para una propuesta independiente, el dispositivo escenográfico dificulta la entrada y salida de los artistas. Y la música original no le hace mucho honor al adjetivo al ser una mixtura de ritmos.
Más allá de los reparos, sería injusto no reconocer la autoridad escénica y vocal de Martín Repetto, el talento de Andrea Lovera (aunque aquí limitada a un rol menor), el oficio de Eliseo Barrionuevo y la admirable entrega de esa gran artista que ya es Magalí Sánchez Alleno.

 

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