Opinión / 7 de septiembre de 2012

La Argentina monárquica

Cristina es la candidata única del oficialismo para el 2015. Otros dos Kirchner, Máximo y Alicia, suenan para las legislativas.

Ilustración: Pablo Temes.

Si hay algo que caracteriza a los kirchneristas, es el desprecio que sienten por sus compatriotas. Aunque en ocasiones parecen convencidos de que el país cuenta con recursos humanos sobresalientes, muy superiores a los disponibles en otras latitudes, todos coinciden en que, de los más de 40 millones de argentinos, solamente uno está en condiciones de ser presidente de la Nación. Quienes discrepan, o meramente insinúan que acaso haya otros que, en caso de emergencia, podrían desempeñar dicho papel de manera adecuada, corren el riesgo de ser calificados por los defensores de la ortodoxia imperante como traidores, golpistas, gorilas destituyentes y enemigos siniestros de lo nacional y popular.

Lejos de sentirse personalmente humillados por la chatura realmente extraordinaria así supuesta, los incondicionales de Cristina parecen enorgullecerse de su propia inferioridad, de ahí su voluntad de rendirle pleitesía, de obedecerla sin chistar, de sumarse al séquito de aplaudidores que la acompañan a todas partes. Tienen que creerla imprescindible; de otro modo, su propia obsecuencia les motivaría vergüenza.

¿Y el proyecto o modelo que según los K está destinado a cambiar la historia, a transformar la Argentina en un dechado de prosperidad equitativa y solidaria en un mundo que está por hundirse en la miseria por culpa del neoliberalismo, pero que según otros está convirtiéndola en una gran villa miseria? Parecería que en opinión de los encargados de manejarlo el modelo kirchnerista es tan frágil que, sin la presencia física de la señora, se desintegraría de la noche a la mañana. Así, pues, hay una contradicción flagrante entre su compromiso con el modelo oficial por un lado y, por el otro, la idea de que todo depende por Cristina; si fuera tan positivo lo que dicen estar impulsando, podría sobrevivir sin dificultad alguna a un eventual cambio de líder pero, como es notorio, el único kirchnerista que sería capaz de heredar el caudal electoral de la presidenta es el gobernador bonaerense Daniel Scioli, hombre que, es innecesario decirlo, dista de ser el indicado para profundizar el modelo. La relación de Scioli con Cristina y la gente de La Cámpora se asemeja a la de Deng Xiaoping, el artífice de la liberalización de la economía de China, con Mao Tse-tung y los jóvenes guerreros culturales que habían hecho de su país un aquelarre tan sanguinario como miserable.

El que a su juicio de los partidarios de la re-re Cristina sea irremplazable, refleja la bancarrota intelectual del oficialismo y la mediocridad de los demás miembros del elenco gobernante. Dan por descontado que, en cuanto la jefa haya abandonado el escenario, irrumpirá “la derecha” liderada por sujetos temibles como Mauricio Macri, que no vacilarían en demoler lo que aún quedara de su obra.  Las perspectivas ante el proyecto de los patagónicos y sus aliados serían distintas si Alicia o Máximo estuvieran en condiciones de suceder a Cristina, pero, con la excepción de algunos ultras, los kirchneristas entienden que no será posible dotarles de una imagen convincente antes de la segunda mitad de 2015.