Libros / 7 de Septiembre de 2012

libro

Mundo y mercado del arte

“Un objeto de belleza”, de Steve Martin. Mondadori, 308 págs. $ 119.

Por

La primera aclaración es que Steve Martin es, en efecto, el comediante y cómico del cine que brilló en títulos memorables (“Cliente muerto no paga”, “Hay una chica en mi cuerpo”, “El director chiflado”). La segunda, que como novelista ha hecho una obra tan original y sólida como la de mucho autor de renombre de la literatura estadounidense. Esta novela (mucho más extensa que dos anteriores: “Shopgirl” y “El placer de mi compañía”) lo demuestra definitivamente. Además la alimenta todo el tiempo su extraordinario sentido del humor. Pero controlado, porque lo notable es la calidad de la construcción, y la capacidad para mantener un tono difícil. El ámbito es muy claro: el “mundo del arte” de galerías, museos, rematadores y firmas como Sotheby’s entre los años ’90 y el presente. Ese ámbito es el principal protagonista. Y en segundo lugar Lacey Yeager, joven bella y ambiciosa, que se va abriendo camino a base de astucia, sexo y voluntad. En la primera página aparece el narrador, Daniel Chester French Franks. Pero casi de inmediato se borra por completo, salvo para aparecer fugazmente como fallido aspirante al hipotético amor de Lacey.

Buena parte de la crítica estadounidense e inglesa trató mal a la novela, sin entenderla demasiado. Martin se mueve con la ambigüedad de un escritor europeo, más que anglosajón (está más cerca del Stendhal de “El rojo y el negro” que de Jonathan Franzen). Pedirle que sus personajes tengan más carnadura (tópico clásico de la novela realista), o echarle en cara un supuesto desconocimiento del ámbito elegido, es pasar por alto su mirada a la vez irónica y observadora de las debilidades y estropicios de las sociedades urbanas, en este caso Nueva York.

El libro va cumpliendo las expectativas obvias y las menos evidentes del lector. Por una parte nunca afloja su lucidez con la protagonista; por otra, desfilan las sucesivas etapas de una época nueva del arte, donde las cotizaciones llegaron a excesos semejantes a los inmobiliarios, y los límites estéticos claros quedaron desdibujados a partir de nombres como Andy Warhol. “Ahora los artistas”, dice un personaje, “pueden ganarse la vida siendo pintores malos”. Lo que sigue no es una visión moral o crítica, sino un mantenimiento de los matices y la lucidez. La experiencia de la lectura es vigorizante, compleja y cortante. El sexo convertido en escalón, la persecución del dinero y la posición, las estafas incluso, nunca están privadas de la justeza de la mirada para representar al medio y sus personajes.

 

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