Ciencia / 7 de Septiembre de 2012

Longevidad y dieta

Ser muy delgados no nos hace vivir más

Nuevos estudios muestran que comer menos de 650 calorías diarias no alarga la vida. El fin del mito y los beneficios de alimentarse de
forma equilibrada.

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La restricción calórica mejora ciertos marcadores de salud, que a su vez influyen en la reducción de males cardiovasculares y obesidad.

Una buena noticia para quienes disfrutan de comer: reducir drásticamente la cantidad de calorías que uno ingiere no parece alargar la vida, algo que se creía factible luego de décadas de estudiar cómo la existencia de moscas, lombrices y ratas sí se prolongaba al comer mucho menos. Pero los resultados de estudios hechos a lo largo de un cuarto de siglo con un grupo de primates no humanos, los macacos rhesus, acaban de dar negativo.

Vivieron estos 25 años comiendo un 30% menos de calorías que otros monos de su misma especie (en los humanos, con una dieta común promedio de 2.000 calorías, esto se traduciría en una de 650), los científicos llegaron a la conclusión de que la longevidad  no depende de algo tan simple como el conteo de calorías. Y cada vez están más convencidos de que, en realidad, guarda una mayor relación con otras situaciones más complejas, como la composición de la dieta y la genética del individuo.
Corría la década de 1930 cuando un grupo de científicos descubría que las ratas de laboratorio alimentadas con una dieta restringida en calorías vivían casi el doble de sus contrapartes que se alimentaban normalmente. Así fue como durante muchos años se comprobó que desde moscas hasta roedores, pasando por cierto tipo de lombrices, viven hasta un 30% más si siguen dietas cercanas a la inanición. Más recientemente, investigaciones de laboratorio habían inclusive mostrado que ciertos compuestos que imitarían los efectos de la restricción calórica pueden provocar una cascada de cambios en la expresión de ciertos genes que, a la larga, enlentecerían el proceso de envejecimiento.

Estos resultados fueron seguidos por ensayos para comprobar si lo mismo sucedía entre los primates no humanos (los parientes más cercanos y más parecidos a las personas), si comiendo la tercera parte de lo que se come en una dieta promedio, es factible vivir más, y estar al mismo tiempo más sano y prevenir enfermedades.
El origen. Fueron tres los estudios de gran envergadura que se hicieron de manera paralela entre primates no humanos, todos en los Estados Unidos. Uno, a cargo de Barbara Hansen, directora del Centro para la investigación de la diabetes y la obesidad de la Universidad de Maryland; otro, en la Universidad de Wisconsin, a cuyo frente está Richard Windruch; y el tercero, en las manos de George Roth y Mark Lane, en el marco del programa del Insituto Nacional sobre Envejecimiento de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de los Estados Unidos. Este último es el ensayo que dio resultados negativos, y el que menos puntos flojos presenta en cuando a los métodos usados para hacer la investigación.

En el 2009, el estudio del Wisconsin National Primate Research Center (WNPRC) que había empezado en 1989 aseguraba que la restricción calórica extendía la vida de los monos rhesus, de manera tal que los que comían muy muy poco morían por enfermedades relacionadas con la edad en un 13% de los casos, comparados con el 37% de los monos del grupo de control (que comían normalmente).
Mientras una parte de la comunidad científica festejaba, otra era cauta. “Los efectos de la restricción calórica sobre la extensión de la vida en mamíferos solo fue demostrada en roedores. Hasta ahora no ha habido estudios que permitan decir definitivamente que la vida es más larga en un primate que come menos, de manera que es prematuro extraer conclusiones sobre si comer poco frena el envejecimiento”, explicaba Barbara Hansen.
En realidad, lo que las investigaciones mostraban era que la salud en general de los animales mejora al comer menos y (sobre todo) ciertas sustancias y nutrientes y, tal vez por eso, el resultado general era que vivían más. Hansen y un grupo de investigadores estudiaron monos adultos (equivalentes a seres humanos de entre 20 y 25 años al comienzo) por más de 25 años. Ya hacia el año 2000 hallaron que los animales de su grupo de estudio vivían más que el promedio. “Pero también descubrimos una mejora general en su estado de salud, lo que se traduce en vidas más largas. Por ejemplo, restringir la cantidad de calorías ingeridas de modo tal de prevenir la obesidad de la edad media en un mono, previene totalmente la aparición de diabetes tipo II, aún cuando esos animales tengan tendencia a padecerla”, explicaba Hansen.

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