Opinión / 23 de septiembre de 2012

Roosevelt contra Clarín

El estado contra la prensa. Diferencias entre Argentina y Estados Unidos. Lo que de verdad está en juego detrás de la guerra con el grupo Clarín

En 1908, Theodore Roosevelt, vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos y quinto primo del mítico Franklin (el único americano en ganar 4 elecciones presidenciales), inició una feroz campaña judicial contra Joseph Pulitzer, dueño de “World”, por entonces uno de los diarios de mayor circulación en el planeta. ¿Razones del juicio? La publicación de una serie de notas que denunciaban supuestas irregularidades (coimas) en la cesión de derechos para la construcción definitiva del Canal de Panamá iniciada por Francia (país que no pudo terminar las obras). La monumental ofensiva jurídica tenía un solo objetivo: meter preso a Pulitzer acusándolo de injurias.

Por primera vez en la historia del periodismo moderno, el estado usaba todas sus armas para ponerle freno a la libertad de prensa. Hoy casi olvidada, la contienda tuvo enorme repercusión y marcó un punto de inflexión en la relación entre el poder y los periodistas. Durante años, los biógrafos de ambos personajes buscaron en Washington documentos probatorios de la voluntad “acosadora” de Roosevelt. Tras décadas negando su existencia, las autoridades terminaron por hacerlos públicos hace poco, ante la amenaza de una demanda legal por infringir la Ley de Libertad de Información.

La historia de Roosevelt vs. Pulitzer resulta interesante por lo siguiente: El periodista jamás pudo respaldar sus dichos, y hasta es probable que las denuncias realizadas en su momento fueran infundadas ya que las “pruebas” presentadas demostraron ser débiles, poco confiables e incluso falsas. Sin embargo, fue el hombre que le dio su apellido al famoso Premio quien terminó ganando la contienda legal. ¿Por qué? La desmesura del gobierno, su intención de silenciar al periodista cueste lo que cueste, fue leída por la sociedad americana y su justicia como una forma de amedrentamiento a la actividad periodística en su conjunto.

Por poderoso que fuera el diario World (Pulitzer llegó a ser uno de los hombres más ricos del planeta), su capacidad de dañar jamás podría compararse a la de un presidente “enojado” usando los infinitos y despersonalizados recursos estatales. Con el tiempo, la gente le dio la espalda a los medios de Pulitzer debido al exceso de mentiras y sensacionalismo que portaban. Pero cuando Mr. Roosevelt intentó llevárselo puesto, lo defendieron sin dudar.

Cuando nos preguntamos por qué Argentina, que en esa época estaba bastante cerca de Estados Unidos (midiendo variables económicas) terminó junto a lo peor del tercer mundo, quizá debamos mirar esa conducta del pueblo yanqui; especialmente hoy que todos los cañones van dirigidos contra Clarín. El punto siempre es el mismo y deberíamos aprenderlo de una buena vez: en una democracia, y contra lo que nos quieren hacer creer, el estado tiene el mayor poder de fuego disponible en plaza. Todo lo demás queda en segundo plano.