Costumbres / 5 de Octubre de 2012

Vida de reality

Enamorarse en Tv

Nuevos programas reciclan la fórmula de Roberto Galán, pero ahora la fama es el mayor atractivo. Cómo y por qué cambió el formato.

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“Hasta el más privado de los rituales, ese de seducir a otro y transformarlo en la media naranja, ha pasado a ser material de la televisión”.

Habría que preguntarse si la televisión, finalmente, no era esto: la intimidad expuesta al límite. Si durante sus primeras décadas la pantalla chica se dedicaba a copiarles ideas al cine, al teatro y al music-hall, la posibilidad de la transmisión inmediata de lo real necesitaba la aparición del “reality show”. Los programas de concursos y los pioneros en exponer la intimidad de la gente cuajaron por eso. Y hoy hasta el más privado de los rituales, ese de seducir a otro y transformarlo en la media naranja complementaria, ha pasado a ser material de la televisión. No es nuevo: allá lejos y hace tiempo, Roberto Galán lanzó “Yo me quiero casar… ¿Y usted?” (Ver columna). Su productor, Héctor Ricardo García, comprendió –como lo había comprendido con el diario Crónica– que no había material más atractivo que lo inesperado de la realidad cotidiana. La cosa no era, solamente, casar enanos, sino manejar el suspenso. El problema, hoy, es si realmente uno puede enamorarse en la TV o si lo que pasa, es que estamos más enamorados de la TV que de la vida real.

Propuestas. Los programas “de pareja” se reciclan constantemente. El regreso a la pantalla de cable del iconoclasta “Cupido” (se emite por TBS Veryfunny) es la prueba. “Cupido” fue un fenómeno a fines del siglo pasado y comienzos del actual, y sirvió para comprender que el “casamentazgo” televisivo rinde. El reality, desde entonces, reina con una zanahoria diferente de la que disponía Roberto Galán: si el hombre ofrecía un altar televisado, el reality dispone de un premio monetario. Ambas cosas pueden combinarse, pensó un genio de los que abundan en la pantalla chica y ahí fuimos.

En los Estados Unidos, dos programas –“The Bachelor” y, más tarde, la versión femenina “The Bachelorette”– ofrecen como “premio” una apetecible chica o un rico y saludable muchachón americano, según la versión. El formato, que comenzó en el 2002 y sigue, es una especie de guerra de guerrillas entre mujeres u hombres por el “amor” del premio. Los dos auténticos focos de los concursantes son el sexo y el dinero, y poco –o nada– la verdadera “historia de vida” o psicología de los personajes.

Cosa que sí sucedía con “Doce corazones”, el formato creado en la Argentina que hoy tiene versiones en casi toda la América hispana y los Estados Unidos. Conducido por Andrea Politti (2003) y luego, Claribel Medina (2004) en la pantalla de Canal 13, el programa era también un juego entre un grupo de hombres y otro de mujeres. Pero había un enorme balance entre lo lúdico y las historias de los concursantes, y no había “un” premio. Fue un programa mucho más humano, con momentos de emotividad alta y gente mucho más real (sí, claro, también había castings). Si los formatos yanquis funcionaban como una especie de transmisión deportiva, “Doce corazones” era la respuesta de la “televisión-realidad” a la telenovela de la tarde.

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