Cultura / 12 de Octubre de 2012

Fernando Vallejo (70)

Radiografía de un escéptico

Política, literatura y costumbres en la mira del escritor más “molesto” de Latinoamérica.

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Visita. Vallejo estuvo en muchas ocasiones en la Argentina. “Aquí hay gente buena –dice–. Mucha más antes que ahora”.

Cuando a un hombre real lo preceden sus palabras, es posible construir de él una imagen equivocada. A Fernando Vallejo se lo conoce, en nuestro país, por sus libros más feroces (“La virgen de los sicarios” y “El desbarrancadero”) y sus declaraciones incendiarias. No hay institución, religiosa o política, que no haya sufrido el embate de sus críticas o la sentencia cruel de su escepticismo sin fisuras. Por eso, el conversador amable y bien dispuesto que es Vallejo, cara a cara, sorprende y anima a preguntarle sobre casi todo: libros, animales y gobiernos.

Durante su visita a Buenos Aires invitado por Filba (el festival internacional de literatura que organiza todos los años la fundación del mismo nombre), se encontró con NOTICIAS. Antes de comenzar la charla, pidió permiso para que su traductor al japonés, Kyoichi Kuno, se sumara al grupo. El hombre, profesor de literatura española en Tokio, se encuentra en la Argentina en medio de una investigación sobre la literatura nacional y fue testigo silencioso de una conversación variada, profunda y divertida. Un intercambio a la medida del espíritu de Vallejo.

Gramática. La charla empezó por Rufino Cuervo, el filólogo colombiano que en el siglo XIX, al igual que Andrés Bello, fue pionero en estudiar y reglamentar el español de este lado del mundo (ver recuadro). Con él y el libro del que es protagonista, “El cuervo blanco” (Alfaguara), Vallejo cierra un ciclo como biógrafo de olvidados intelectuales colombianos. Los primeros fueron los poetas José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob.

“‘El cuervo blanco’ es un libro sobre un gramático y un filólogo. Si hay algo que odia la humanidad es la gramática. La gente no la quiere, ni la sabe, ni la entiende, ni le importa”, dice Vallejo. “Pero como me importaba a mí… Si me lo publicaba la editorial, bueno, y si no, pues qué remedio. Amo el idioma. Me gustaría escribir una gramática, por molestar”.
Tal vez por molestar también, dice que el género de la biografía hay que renovarlo aunque no sea tan prestigioso como la novela. Por lo menos, hay que dejar de escribirlo “a la carrera” y volverlo más riguroso. “Se trata de saber del biografiado todo lo que se pueda. Hasta el punto de decir: ‘ya no se puede más’. Cómo lo cuentas es el problema y que no se vuelva muy aburrido”, define. En sus historias de vida, lo menos importante es el orden cronológico. Los datos saltan décadas y se reúnen a capricho del autor, que se toma licencias como comentar la bondad o maldad de un personaje, despotricar contra Colombia o santificar al protagonista. “Yo canonicé a Rufino Cuervo. Si lo hubiese hecho Wojtyla, que canonizó a 4.000, ¿qué valor tendría? Pasé de biógrafo a hagiógrafo”.
¿Hay gente tan pura como Cuervo en el mundo todavía? La pregunta se impone después de declarar santo al erudito, capaz de consagrar su vida a una obra tan improbable, por totalizadora, como el “Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana”. “Sí, me la encuentro mucho –contesta Vallejo–. Más gente buena, correcta, educada, dulce que altanera, mala, ambiciosa, atropelladora. Hay más de los buenos. Y aquí, en la Argentina, había mucha más que ahora y en Uruguay, ni se diga”.

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