Opinión / 19 de octubre de 2012

La superpotencia y los demás

Obama. El presidente norteamericano tropezó en el debate con su rival republicano Romney y su ventaja se achica.

Ilustración: Pablo Temes.

Si les tocara a los argentinos decidir el resultado de las elecciones norteamericanas del martes, el 6 de noviembre, Barack Obama derrotaría con facilidad a su contrincante republicano Mitt Romney. Aunque la imagen del primer presidente de raza mixta de la superpotencia ha perdido el brillo extraordinario que, en el 2008, encandiló al progresismo mundial que lo tomó por un auténtico mesías, un redentor capaz de rejuvenecer el planeta, sigue siendo más atractiva que la de Romney, hombre cuyo perfil es el de un empresario frío, casi robótico y, desde luego, demasiado norteamericano.

Pero, felizmente para los republicanos, a la hora de votar sus compatriotas no suelen prestar mucha atención a las preferencias ajenas; como aquellos argentinos que atribuyen el desprecio que sienten tantos europeos y norteamericanos por el peronismo, movimiento que a su entender es una variante tardía del fascismo italiano, a la ignorancia supina que les impide comprenderlo, se aferran con terquedad a sus propios criterios. Si bien parecería que Obama sigue aventajándolo, según las encuestas de opinión Romney le está pisando los talones.

Un eventual triunfo del mormón Romney se debería menos a sus propios méritos que a la sensación de que Obama es, en el fondo, un pesimista que da por descontado que el sueño norteamericano pertenece al pasado y que por lo tanto la tarea del presidente consiste en administrar la decadencia, amortiguando en cuanto sea posible el impacto de los cambios por venir. He aquí la razón por la que el primer debate televisivo perjudicó tanto al presidente: brindaba la impresión de que no le interesaba defender su propia gestión contra un rival que, a su juicio, sencillamente no comprendía la magnitud de los problemas que, de mudarse a la Casa Blanca, tendría que enfrentar, y que por lo tanto sería inútil tratar de explicarle que no habría forma de recuperar el dinamismo que había sido tan característico de los Estados Unidos antes del estallido financiero de mediados del 2008.

A diferencia de Obama, Romney se esfuerza por hacer gala de su optimismo. Quiere emular a otro republicano, Ronald Reagan, el que, al proclamar su confianza sin límites en el futuro de su país hablando de “un nuevo amanecer en América”, destronó al lúgubre pesimista demócrata Jimmy Carter. Desde el punto de vista de los hartos de la arrogancia de los líderes del “imperio” norteamericano, la postura de republicanos como Reagan y Romney es mucho más antipática que la humildad que manifiestan progresistas como Obama que, a menudo, dan a entender que comparten plenamente las opiniones de quienes dicen creer que los Estados Unidos son responsables de casi todas las lacras del mundo actual, pero esto no quiere decir que a los demás países les convendría que la superpotencia optara por replegarse, abandonando a su suerte al resto del planeta.

 

4 comentarios de “La superpotencia y los demás”

  1. Neilson, creo que tendría que desarrollar un poco el tema de una posible victoria de Obama en una futura nota, Obama tiene un sólo camino, hacer de USA un país mediocre. Y él lo ve como inevitable.

  2. Muy lúcido análisis. Comparto con Antonio, no sé por qué vuelven con el acento en “TESIS” (palabra grave – terminada en n o s no lleva tilde)

  3. Buenas noches, por qué volvieron a acentuar ortográficamente a la palabra TESIS, si venían tan bien…Saludos. antonio

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