Teatro / 19 de Octubre de 2012

teatro

Un catálogo de soledades

“Argentinien”, de Pedro Gundesen. Con Alejandro Awada, Mimí Ardú, Claudio Rissi y Juan Luppi. Dirección: Luis Romero. Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815.

Por

A fines de los años `40, en plena época del primer gobierno del general Perón, al perdido pueblo de Arizona, casi un paraíso perdido en los parajes de San Luis, arriba un ser misterioso, con marcado acento extranjero. La expectativa es grande porque Stefan (camaleónico trabajo del versátil y notable actor Alejandro Awada), alemán que proviene del Volga y vino al país escapando de la Segunda Guerra Mundial, tiene una consigna clara. Contratado por los ingleses de la Argentine Pacific Railways que controlan el ferrocarril, su intención es clausurar la estación de trenes local debido al poco movimiento de pasajeros.

Al llegar a ese entorno bárbaro, donde lo bucólico y placentero no parecen existir, conocerá a Lidia (Mimí Ardú, una curtida y a la vez arrebatada mujer de campo), la boletera coqueta que lo seducirá, en su afán de buscar la salvación económica a cualquier precio. También encontrará a Fortunato (Claudio Rissi, espléndido) un jefe de estación quejoso y bastante receloso de su trabajo que adhiere, sin ningún reparo, a la causa peronista y al rusito (Juan Luppi, expresiva labor de un joven cuyos pasos actorales conviene seguir con atención), un adolescente servicial que en ese universo árido y abandonado, se ocupa de mantener el reloj en funcionamiento, limpiar los baños y simboliza la inocencia de una generación que terminará inmolada.

El joven autor Pedro Gundesen, que nació en 1975, en un pequeño pueblo en el que los trenes no se detienen desde hace más de veinte años, debuta en su rol de dramaturgo con una pieza que refleja la realidad de seres desolados que perdieron el tren de la historia. Sus personajes rozan el patetismo de estar anclados a sus convicciones y a una expectativa de cambio que nunca sucederá. Incomunicados entre sí, el progreso les pasará de largo, mientras se ocupan de ver al enemigo en la piel de sus semejantes.
Tamaño material, nada sencillo, halla en el director Luis Romero una batuta correcta que acentúa el juego escénico, aunque por momentos y de manera arriesgada, lo lleva al borde de la crispación. Por lo menos en la función que presenció este cronista, la protagonista femenina jugó, en algunos pasajes, con la peligrosa arista del grito exasperado, que debería evitar para recalcar el catálogo de soledades implícito en la propuesta.
La atinada escenografía de Marcelo Valiente subraya el naturalismo, y enfatiza la imagen de un lugar alejado de la mano de Dios.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *