Música / 26 de Octubre de 2012

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A prueba de todo

Como tantas veces, Luis Miguel pasó por la Argentina. Fueron once funciones a todo delirio repartidas en distintos puntos del país.

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Fueron siete funciones en la cancha del club GEBA. Hubo dos más, con entradas carísimas, en el predio de La Rural. Hubo presentaciones en Corrientes, Rosario y Córdoba, igualmente multitudinarias. Pero más allá de los cambios de escenario, de que se trate de un público más “popular” –en rigor, nunca son baratos los tickets– o de otro más VIP –si de poder adquisitivo hablamos –, Luis Miguel sigue generando la misma locura, devoción y fanatismo que es rutina cada vez que visita la Argentina.

Esta vez presentó un espectáculo de esos que “la gente” quiere presenciar; tanto que lo bautizó “The Hits Tour”. O sea que en las dos horas de música hizo oír muchísimas de las canciones que colocó en el corazón y en la memoria de sus chicas. Sin disco nuevo a la vista, sin la necesidad de “vender”, hubo tangos, boleros, baladas internacionalizadas estilo Miami y una pieza en inglés, “Come Fly With Me”, que alguna vez grabara a dúo con Frank Sinatra. Hubo momentos festivos –“up tempo” en la jerga de los músicos– y otros tranquilos, como para bailar cuerpo a cuerpo. Hubo canciones antiguas en su historia y otras más cercanas en el tiempo. Hubo clásicos inoxidables y composiciones que solo existen gracias que él las puso en la consideración pública. De cualquier modo, todo esto forma parte de la anécdota, o de la mera crónica. Lo mismo que la mención que pueda hacerse sobre la numerosa y muy profesional banda multinacional de músicos que lo acompaña. Puede hacerse mención a la prolijidad de lo que sucede sobre el escenario o en las pantallas, o de los alborotos que se produce por cierto amontonamiento del público que llega sobre la hora del inicio.

Puede volverse sobre sus kilitos de más, sobre la repetida elegancia con que se viste o sobre la reiteración de fórmulas que no dejan espacio para la sorpresa. Puede hacerse todo ese relato y prácticamente no estaríamos diciendo nada. Porque el punto está en el público, en esa mayoría abrumadora de mujeres de muy distintas edades ataviadas como si tuvieran una noche de amor con él (hasta con tacos altísimos debajo de la lluvia y con los pies en el barro), en la alegría desbordante que muchas veces se transforma en llanto, en un deseo inocultablemente sexual que se muestra sin tapujos, en un delirio que va más allá de cualquier observación técnica.

 

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