Música / 23 de noviembre de 2012

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Primera princesa

Con una Britney Spears que no pasa por su mejor época, Lady Gaga está ocupando el principado de un reino del pop que aún encabeza Madonna. Actuó en la cancha de River y enloqueció a todos.

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Se habla de sus vestuarios –sólo en esta gira tiene una decena-, de sus máscaras, de las luces, de la espectacularidad de las coreografías, de la prolijidad de sus músicos. Se hace referencia a un mensaje libertario que, no sin un alto grado de demagogia, esta neoyorquina de 26 años desparrama en cada lugar en el que actúa. Se llenan hojas de diarios y revistas explicando dónde y con quién come, cómo es la habitación del hotel en el que se aloja. Se reitera que es “la chica que lució el vestido de carne” en una entrega de premios y que su principal objetivo es llamar la atención.

Finalmente, se le dedica mucha atención a su público de adolescentes disfrazados como para despedida de solteros poco inspirada. Y, claro, se vende mucho merchandising, se usa la palabra “fenómeno”, se la relaciona con Madonna –con el cetro de reina del pop más firme que nunca- o Britney Spears. Pero ocurre que Lady Gaga es una cantante. Y ahí, su trabajo hace un poco de agua.

Canta aceptablemente bien. El baile no es su fuerte, pero cumple. Lo técnico de su show no admite objeción, con una banda pop pequeña y muy profesional. Todo ocurre cuando debe ocurrir: el gran despliegue de escenografía –desde un castillo fantasmagórico hasta una moto sobre la que canta- hasta el uso y abuso de los recursos digitales de última generación. Pero por detrás, hay muy poco. Apenas un puñado de canciones pegadizas y bailables –“Bad Romance”, “Telephone”, “Born This Way”, Alejandro”, Paparazzi” y otras-. Pero qué puede importarle la opinión de un crítico malhumorado a los 45.000 que llenaron el estadio o los muchos miles que la aman con devoción.

 

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