Libros / 30 de Noviembre de 2012

libro

Corta y despareja

“El sentido de un final”, de Julian Barnes. Anagrama, 186 págs. $ 80.

Por

En otros tiempos Martin Amis, Ian McEwan y Julian Barnes formaban el trío central de un “dream team” de escritores ingleses, según definía con pasión futbolera su editor en castellano, Jorge Herralde. Después se distanciaron un poco, y empezaron a decaer a partir de algunos libros centrales (“Niños en el tiempo” de McEwan, “Tren nocturno” de Amis, o “El loro de Flaubert” de Barnes). En cambio, su presencia en el mercado se afirmó: aseguraron siempre una dosis fuerte de “best sellers de calidad”, aunque la literatura a secas pareció quedar atrás. El fenómeno fue apuntado por Christopher Priest. Para él, la razón central tenía que ver con el modo en que los fuegos artificiales de estructura o estilo quedaban reducidos en última instancia a temas menores.

El caso de esta última novela breve de Barnes es más complejo. Toda su primera mitad está narrada por Toby Webster, una especie de Don Nadie típicamente inglés, que se autodefine como un superviviente nato. Y que descubre que de hecho lo ha logrado, sintiendo poco y esquivando mucho. El centro inicial es la rememoración de un trío de condiscípulos en medio de los que aparece Adrián, la cifra impar, un parco adolescente filósofo, difícil de atrapar. Cuando el tiempo pasa, una novia más bien fugaz de Toby pasa a Adrián, y las cosas terminan en tragedia.

Esa zona circula con una contundencia digna del mejor Barnes, perceptible sobre todo en alguno de sus cuentos (de “La mesa limón”, por ejemplo). Pero de pronto empieza a sobrecargar el discurso de su personaje con consideraciones y aforismos que parecen generados por sus propias preocupaciones de autor: el personaje empieza a ser demasiado inteligente para su propio bien, y su propia personalidad.

Lo que termina por derrumbar las expectativas de auténtica sorpresa o profundidad es el desfile de una media docena de vueltas de tuerca, cada vez más forzadas. A tal punto que la idea del folletín o del “thriller” psicológico devora la carne literaria que se había consolidado en la primera mitad. El cierre es una frase abstracta, cargada de solemnidad y peso excesivo.
En las últimas treinta o cuarenta páginas, Barnes no se priva de nada: desde un reencuentro tardío con una mujer que aparece siempre manipuladora y desagradable, hasta un grupo de hombres con limitaciones físicas o mentales. Solo un par de páginas finales geniales habrían salvado el asunto. Pero no aparecen.

 

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