Teatro / 30 de Noviembre de 2012

teatro

Inalterable esencia de Chéjov

“El jardín de los cerezos”, versión libre escrita y dirigida por Edgardo Dib. Con Luchi Gaido, Raúl Kreig, Rubén von der Thüsen y Sergio Abbate. Sala La Treintasesentayocho, San Martín 3068, Santa Fe.

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Antón Chéjov (1860-1904) fue un genial cuentista y dramaturgo ruso que revolucionó la historia del teatro occidental. En la valiosa recopilación de su obra completa, la pedagoga teatral Galina Tolmacheva cuenta, que en los comienzos de su carrera, sus obras fueron resistidas porque se afirmaba que carecían de desarrollo dramático y estaban sobrecargadas de lirismo. El propio autor definía al teatro como “una amante sofisticada, ruidosa, insolente y agotadora”.

El tiempo terminó por convertirlo en clásico y es así como hoy, en pleno siglo XXI, su delicado registro de los matices más sutiles, su sentido musical de las palabras y la radiografía de conflictos humanos y de clase que lo apasionaban, sobreviven en el mundo feroz que nos toca habitar. La familia aristocrática venida a menos por la decadencia económica y social que atraviesa, la transformación de los siervos en una nueva burguesía sin escrúpulos y la obligada venta del huerto de cerezos como único medio de paliar las deudas, forman parte de la anécdota central de esta pieza póstuma.
Edgardo Dib se arriesgó y salió más que airoso al tomar aquel entramado para docepersonajes y escribir su versión, dándole una mirada contemporánea que sorprende. Para ello, redujo la trama para cuatro actores notables –Luchi Gaido (Liubov, la madre), Raúl Kreig (Leonid, su hermano), Rubén von der Thüsen (Konstantín Gavrílovich, el hijo) y Sergio Abbate (Lopajin, el comerciante)– a los que somete a un trabajo escénico despojado, donde solo un banco de madera representa el mobiliario de la alicaída hacienda familiar.

Su labor de adaptación es osada y conviene señalar pequeños guiños que a un espectador podrían pasarle desapercibidos. Por ejemplo, la inserción del personaje de Konstantín (en realidad pertenece a “La gaviota”, otro texto de Chéjov) que además padece una renguera que, en cierta manera, lo asemeja a Laura, la emblemática protagonista de “El zoo de cristal” de Tennesse Williams. Son algunos detalles a tener presentes y que, a pesar de la mixtura, no alteran la esencia y el tono del original chejoviano.

La destacada puesta emplea armas de alta eficacia, como el uso de la pantomima, los objetos imaginarios, la caricatura mecánica y la interacción con personajes imaginarios, que aportan una sensación de vigor, no exenta de bienvenido humor, y tiene momentos de gran belleza, como la escena en que se abren las ficticias puertas del jardín y puede percibirse, extasiados por la música de Tchaikovsky, hasta el frío de la lejana estepa rusa.

 

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