Opinión / 7 de diciembre de 2012

Donde mandan las apariencias

Un mundo sin periodistas. El sueño cristinista del “7D” refleja su profunda aversión a la prensa.

Ilustración: Pablo Temes.

De resultar acertadas las previsiones que formuló Cristina algunos meses atrás, a medianoche del “7D” la Argentina salió de la edad oscura del miedo y desánimo en que había deambulado desde los gloriosos años setenta del siglo pasado y entró en otra bañada de luz. Liberado por fin de la horrenda tiranía de Clarín, en adelante un pueblo feliz podrá disfrutar plenamente de los beneficios de un país en que todos los colegios se llamen Néstor Kirchner y a nadie se le ocurriría cuestionar los dictámenes de la Presidenta más sabia del universo conocido. Bien, puede que no sea para tanto, pero de tomarse en serio la fogosa retórica oficial, Cristina y los personajes variopintos que se han sumado a su proyecto particular están convencidos de que en última instancia lo único que importa es “el relato” que, siempre y cuando todos crean en él, no tardará en transformarse en realidad. Así las cosas, no tienen más alternativa que la de silenciar a quienes no comulgan con la fe verdadera o, cuando menos, de asegurar que las ventajas económicas de formar parte del coro de aplaudidores oficialistas sean enormes y que el precio del disenso resulte exorbitante.

Para alcanzar el nirvana kirchnerista así supuesto, desde hace años el Gobierno y sus amigos del progresismo duro autóctono están librando una campaña furibunda contra sus ex aliados del Grupo Clarín, una campaña que a veces ha sido canallesca, como cuando se ensañaron con los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble, y en ocasiones esperpéntica, ya que durante la visita inolvidable de Cristina a Luanda en que hizo gala de sus dotes histriónicas, se repartieron entre los niños descalzos angoleños medias decoradas con la leyenda “Clarín miente”. Pero, por desgracia, no es solo una farsa. Las embestidas del kirchnerismo contra Clarín y otros medios que, por los motivos que fueran, se resisten a rendirle pleitesía, ya han contribuido a degradar la cultura de un país que en dicho ámbito había sido el más rico de América del Sur. Tal y como están las cosas, continuará socavándola por algunos años más.

Todos los políticos se preocupan por su propia imagen. Es lógico: los votos que necesitan dependen de ella. Sin embargo, en el mundo democrático la mayoría, aleccionada por las catástrofes atroces que fueron provocadas por los regímenes totalitarios de Alemania, la Unión Soviética, China y otros países que subordinaron absolutamente todo a sus “relatos” respectivos, entiende muy bien que sería terriblemente peligroso sacrificar la libertad de expresión en aras de la uniformidad deseada. No parece que compartan dicha actitud Cristina y sus acompañantes, trátese de oportunistas que siempre están dispuestos a hacer suyas las prioridades del jefe de turno o de ideólogos de instintos autoritarios que están aprovechando una oportunidad tal vez irrepetible para poner en práctica sus teorías. Aunque la Presidenta no sea una totalitaria, es evidente que le molesta el pluralismo y que por lo tanto se ha sentido tentada por los planteos de quienes le suministran pretextos para amordazar a los reacios a ayudarla pasando por alto lo negativo y subrayando lo presuntamente positivo.