Teatro / 1 de febrero de 2013

teatro

El amor en palabras

“Una relación pornográfica” de Philippe Blasband. Con Cecilia Roth y Darío Grandinetti. Dirección: Javier Daulte.
La Plaza, Corrientes 1660.

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“Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad”, definió con proverbial sabiduría la escritora belga Marguerite Yourcenar (1903-1987) al hablar del vínculo que la unió a Grace Frick, su compañera de vida durante 40 años. Quizás no haya en palabras una síntesis mejor para expresar la alianza de dos almas que, contra todas las convenciones del Siglo XX, también supo cultivar la discreción y el pudor como murallas ante este mundo aún hostil y pacato.

La frase viene a la memoria tras asistir al estreno porteño de la obra “Una relación pornográfica” de su compatriota, el cineasta y novelista Philippe Blasband (1964). En realidad, primero fue guión cinematográfico para la conmovedora película francesa de titulo homónimo: “Une liaison pornographique” de 1999, con brillante dirección de Frédéric Fonteyne y las inolvidables interpretaciones de Nathalie Baye y Sergi López.

La actual adaptación teatral mantiene casi intacta la misma trama: un hombre y una mujer de mediana edad se contactan, a través del anuncio en una revista erótica, a fin de realizar una fantasía sexual de ella. De antemano, se establece un convenio: el anonimato absoluto y no revelar cuál es el deseo físico que concretan. Ninguno de los dos conoce el nombre, ni tiene el teléfono o la dirección del otro. Los encuentros semanales se suceden en un pequeño hotel (el original lo ubica en París, aunque puede acontecer en cualquier gran capital) y en un clima de mútuo respeto, cordialidad y bonhomía. A diferencia del magistral y brutal film “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci, estos amantes entienden que sus citas, con suerte, apenas durarán unos meses, antes de volver a sus vidas desconocidas. Porque tampoco los espectadores conoceremos sus pasados y mucho menos sus horizontes, pero sí seremos testigos de la forma en que los sentimientos afloran en ambos, y lo que inicialmente es pura fricción genital, luego deviene en un profundo amor, y algo más.

Titánica tarea la de afrontar un texto caracterizado por la perpetuidad del dialogo, eventualmente interrumpido, además de las salidas y entradas de los personajes en el momento de la acción, por soliloquios en el presente, aquí dirigidos al público y en la versión fílmica a los psicólogos de ambos.

La espléndida madurez física e interpretativa de Cecilia Roth y Darío Grandinetti, al servicio de un texto tan bello como sutil, resulta admirable. Sin duda, estamos ante el mejor trabajo para la escena de Roth, con una variedad de registros en el amplio recorrido de los distintos estados emocionales que la atraviesan. Desde el nerviosismo del primer encuentro, el vergonzoso surgimiento del amor, hasta la tristeza de razonar que tal vez es mejor terminar. A su turno, Grandinetti ejerce con su habitual oficio, el contrapunto justo de mesura, torpeza y timidez de un hombre sencillo.

Sin embargo, fallan dos aspectos importantes, que lamentablemente empañan toda la propuesta. Por  un lado, la bellísima ambientación del hall del hotel es digna de los palacios del imperio austrohúngaro y le resta la necesaria intimidad y ascetismo que demanda el montaje. Por el otro, desde la dirección, se insufla un aire gélido a la sucesión de escenas, donde los sentimientos se enuncian, una y otra vez, pero jamás llegan a corporizarse.

 

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