Teatro / 8 de Febrero de 2013

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El musical de Tanguito

“Tango feroz” Adaptación del libro de Bortnik y Piñeyro: Joaquín Bonet. Con Fernando Dente y elenco. Dirección: Ariel del Mastro. Tabarís, Corrientes 831.

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Exactamente veinte años atrás, un logrado film argentino  respondía la pregunta ¿Quién fue “Tanguito”? La exitosísima película “Tango feroz”, dirigida por Marcelo Piñeyro, libreto compartido con Aída Bortnik y las actuaciones de Fernán Miras, Cecilia Dopazo y Leonardo Sbaraglia, retrataba, en parte y de manera libérrima, el luminoso y triste periplo musical y personal, allá por la década del `60, de este joven sensible y talentoso que quería, como tantos de sus contemporáneos, cambiar el mundo.

En realidad, la cinta más que aferrarse a una cronología rigurosa, tomaba al personaje de forma arquetípica. “Tanguito” (José Alberto Iglesias, tal su verdadero nombre) era el símbolo nacional de una época donde se reaccionaba con mano dura ante cualquier innovación de lo establecido, sobre todo cuando el reclamo surgía en la juventud o los nuevos pensamientos de justicia e igualdad, imperantes alrededor del orbe. Desde el sueño de Martín Luther King o el mayo del `68 francés hasta el movimiento hippie, la frase “hagamos el amor y no la guerra”, era un grito de libertad universal que hermanaba una generación hastiada de conflictos bélicos y abismos socioeconómicos.
Aunque parezca lo contrario, aquellos pioneros lograron sembrar su ideario y lentamente, con mucho esfuerzo, décadas después se obtuvieron algunas conquistas sociales, políticas y morales. No obstante, en nuestro país una represión atroz aplastó ese impulso, su admirable lucha y necesarias utopías, y lograron modificar la historia hasta nuestros días. Loable intento, entonces, trasladar su trama al terreno del teatro musical. Salvo que el argumento opone de un lado, a un puñado de amigos deseosos de hacerse conocer como banda de rock y colaborar con los sectores carenciados y, del otro, a la autoridad policial, estatal y paternal desprovista de moral y ética, dispuesta a erradicar cualquier símbolo de rebeldía. Entre ellos, “Tango” (en esta versión, curiosamente, se lo denomina así) deambula con sus adicciones y una férrea vocación por la música, que no impedirán su trágico destino final.

Ariel del Mastro, estupendo iluminador escénico y eficaz puestista de musicales, tiene un elenco de lujo y el fascinante dispositivo escenográfico de Jorge Ferrari. Sin embargo, varias cosas fallan. Vamos por partes: la adaptación peca por ser demasiado extensa y expositiva, de modo que cuando emerge la música, casi incidental, más que continuar el derrotero de los personajes, suena como las trompetas del apocalipsis. Es decir, un torrente de energía desbocada que no tiene correlato con las numerosísimas escenas habladas. Luego, es notoria la ausencia de una supervisión actoral: notables intérpretes como Fernando Dente o Federico Salles, por mencionar sólo algunos, a quienes conocimos mejores composiciones, aquí parecen recurrir al mero estereotipo, desprovisto de carnadura y emoción. En cambio, Florencia Otero, Mariu Fernández, Tony Lestingi o Germán Tripel, consiguen volver verosímiles y conmovedoras a sus criaturas, incluso en sus contradicciones, lo cual indica una falla en la guía rectora.
Finalmente, el despliegue visual y la estridencia, empañan e interfieren el curso dramático que intenta desarrollar el espectáculo.

 

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