Música / 8 de Febrero de 2013

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La fiesta del diablo

Durante cinco largas noches, la santiagueña ciudad de La Banda vivió su “XXII Festival La Salamanca” con mucho público y artistas muy variados.

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Dice una leyenda santiagueña que la Salamanca es un lugar de iniciación, de aprendizaje; con una particularidad, que quien lo habita y  lleva la batuta es nada menos que el diablo, bautizado con el nombre de Zupay. Verdades o fantasías, lo cierto es que a los santiagueños les gusta hablar de embrujos, de la atracción particular que produce llegar a su provincia, del entusiasmo único que generan sus canciones y sus danzas, con la chacarera al frente de todas las encuestas. No resulta extraño, entonces, que este festival que acaba de cumplir sus aún jóvenes 22 ediciones se haya afianzado en el gusto de la comunidad de La Banda, ciudad hermana y, algo jocosamente, rival de la capital Santiago, que tiene desde hace años también su encuentro dedicado específicamente a la chacarera.

La Salamanca ocurre en el predio de la cancha de fútbol del club Sarmiento, con el perímetro demarcado por puestos de comidas, bebidas y artesanías y con un escenario montado sobre una de las cabeceras, que alguna vez fue un tablado y ahora es una sólida estructura de cemento y ladrillos. Y claro que importa lo que ocurre cada noche sobre ese escenario que bautizaron con el nombre de uno de los próceres jóvenes de la música santiagueña, el del prematuramente desaparecido Jacinto Piedra. De hecho, se notó muchísimo el aumento en la cantidad de público en las jornadas que tuvieron al Chaqueño Palavecino -la de cierre- y, muy especialmente, al boom del momento Abel Pintos.

Pero también importa la fiesta popular que se construye alrededor, por fuera de funcionarios municipales que exageran su presencia entregando plaquetas en cantidad, y de algunos desórdenes y desajustes de producción que requerirían un trabajo más profesional en algunas áreas. El festival es el grupo de artistas que desfila en abundancia algo exagerada de ocho horas por jornada -un “vicio” que inculcó Cosquín y que nadie se atreve a cuestionar-; pero lo son también el público que deambula dentro o fuera del predio, la actitud de sociabilidad y encuentro, los cientos de motos que se agolpan puertas afuera, los amigos y parejas que comparten tragos y comidas y hasta alguna rencilla estimulada por el fernet y la cerveza. Entonces, quizá en todo esto último, más que en la misma presencia de los artistas, haya que encontrar la explicación como para que miles de personas trasnochen hasta la mañana siguiente e ignoren el cansancio después de cinco días muy extensos.

En lo artístico, la Salamanca decidió abrir el juego aún hacia músicas muy alejadas de las tradiciones. Así, cantantes y músicos locales y menos conocidos comparten el “Jacinto Piedra” con figuras de proyección nacional o internacional de todo tipo y pelaje. Los citados Pintos y Palavecino fueron nombres muy destacados. Pero en un listado rápido y muy incompleto hay que mencionar a Luciano Pereyra, Sergio Galleguillo, Peteco Carabajal, Marcela Morelo, Néstor Garnica, el Dúo Coplanacu, Leo Dan, Los Manseros Santiagueños, amén de Los Tekis con su rock folklorizado, Canto 4, Motta Luna, la española Rosana (otra vez por nuestro país), Los Carabajal, Raly Barrionuevo (con un set excelente), el jujeño Bruno Arias (también de buena performance), La Nueva Luna, Los Huayra, los Hermanos Mattar, y más.

 

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