Libros / 8 de Febrero de 2013

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La gran persecución

“Joseph Anton”, de Salman Rushdie. Mondadori, 686 págs. $175.

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El comienzo de 1989 no venía bien encaminado para Salman Rushdie. Su matrimonio con la novelista Marianne Wiggins se había enredado en caminos cada vez más negativos y laberínticos; su viejo amigo Bruce Chatwin tenía una enfermedad terminal. En el plano literario su gruesa novela “Los versos satánicos” había sido bien recibida, pero desde Irán le llegó la peor noticia.

Envejecido y enfermo, Jomeini había decretado una “fetua” (así denominada en el libro, también llamada “fatwa” o “fatua”): la invitación a todo islámico con convicciones de eliminarlo donde se lo cruzara, por haber ofendido al islam, el Profeta Mahoma y el Corán.
Este grueso volumen se centra en el lento despliegue del proceso de supervivencia. Es también una minuciosa descripción de la escritura de sus libros; de todo lo que consumió como adicto a los libros, el cine, la música, y el mundo en general; de los vínculos complejos con mujeres sucesivas (la madre de su primer hijo, Marianne Wiggins, la madre de su segundo hijo, etc.).

Las páginas se cargan además de un chisme o un dato tras otro, mostrándolo no solo como hombre angustiado o escritor bloqueado, sino también como un ágil, omnipresente integrante del “jet set” literario internacional. En otro plano describe lo difícil y costoso (costo en parte a cargo del propio Rushdie) que es cuidar a alguien a quien buscan hipotéticamente decenas de miles de asesinos para matarlo. Se mezclan los perfiles de los sucesivos integrantes del grupo especial, la descripción de los automóviles (con el peso de tanques pequeños) en que se desplazaban, los incontables hilos políticos, literarios, o de simple lucha por un espacio “en los medios” que se mezclan sin cesar, o un brusco encuentro con el esquivo Thoman Pynchon.
La lectura es adictiva. Siempre aparece un tema nuevo, un enfoque lúcido o desopilante, a lo largo del muy extenso recorrido. La estructura es ágil, y la mezcla de humor y amargura constantes.

Igual, lleva un poco más de tiempo llegar al final que en algunas de sus memorables mejores novelas: “Hijos de la medianoche”, “Vergüenza”, “Shalimar el payaso”. Y “Los versos satánicos”, desde luego.

 

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